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“También el alma se mueve. Se mueve con movimiento circular cuando, entrando de nuevo en sí misma, se aparta del mundo exterior cuando reúne, unificándolas, sus potencias de intelección en una concentración que las protege de todo extravío, cuando se separa de la multiplicidad de los objetos exteriores para recogerse primero en sí misma, y, luego, habiendo alcanzado la unidad interior, habiendo unificado de forma perfectamente una la unidad de sus propias potencias, es conducida entonces a esa “Belleza y Bien” que se encuentra más allá de todo el ser, que no tiene principio y no tiene fin”.
Dionisio Areopagita, De los Nombres Divinos
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Siguió -acariciando suavemente con el dedo-, el trazado espiral de una caracola, desde el extremo exterior, lentamente, mientras su vista recorría el mismo camino.
Primero sintió una emoción intensa que pronto se desvaneció y arrastró con ella todo lo demás: cualquier atisbo de pensamiento, cualquier intención; hasta que sólo quedó el retorno sin siquiera propósito de retorno.
De mi reciente lectura del libro de Mircea Eliade Mefistófeles y el andrógino, muchos son los pasajes que me gustaría destacar. Es una obra interesantísima en la que el autor nos habla, entre otros temas, sobre las teofanías experimentadas a través de la luz en diversas tradiciones o los mitos que tratan del parentesco entre dioses y demonios y nos permiten adentrarnos -a través de la paradoja-, en el misterio de la totalidad, la unidad fundamental que concilia todos los contrarios.
Los fragmentos que aquí transcribo pertenecen al capítulo “Consideraciones sobre el simbolismo religioso”, ya que ahonda en uno de los temas que inspiran los escritos de esta bitácora: la capacidad de los símbolos para actuar como puertas que permiten captar una realidad más allá de la experiencia de nuestros sentidos y de la actividad de la reflexión racional. El universo del espíritu se muestra a través de ellos y hasta al alma más banalizada le resulta difícil escapar a la fascinación que provocan. Sin embargo, su dimensión más profunda sólo se revelará ante cierta forma de estar en el mundo. El mundo siempre está hablándonos, queda pues en nuestras manos conseguir la perspectiva que hará comprensibles los más esenciales de sus mensajes.
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“Lo que revelan los símbolos
La tarea del historiador de las religiones queda inacabada mientras no conduce a descubrir la función del simbolismo en general. Se conoce lo que el teólogo, el filósofo o el psicólogo han dicho sobre este problema. Examinaremos ahora las conclusiones a las que llega el historiador de las religiones cuando reflexiona sobre sus propios documentos.
La primera observación que extrae es que el mundo “habla” mediante símbolos, se “revela”. No se trata de un lenguaje utilitario y objetivo. El símbolo no es un calco de la realidad objetiva. “Revela” algo más profundo y más fundamental. Intentemos dilucidar los diferentes aspectos, las diferentes profundidades de esta revelación.
Primero. Los símbolos son capaces de revelar una modalidad de lo real o una estructura del mundo no evidentes en el plano de la experiencia inmediata. Pongamos un ejemplo para ilustrar el sentido en que el símbolo expresa una modalidad de lo real inaccesible a la experiencia humana: el simbolismo de las aguas, susceptible de revelar lo preformal, lo virtual, lo caótico. No se trata, claro está, de un conocimiento racional, sino de una captación de la conciencia viviente, anterior a la reflexión. A través de tales captaciones se constituye el mundo. Más tarde, elaborando sus significaciones ya comprendidas, se iniciarán las primeras reflexiones sobre el fundamento del mundo, punto de partida de todas las cosmologías y de todas las ontologías, desde los Vedas hasta los presocráticos. […]
Segundo. Para los primitivos, los símbolos son siempre religiosos, puesto que se refieren bien a algún aspecto de lo real, bien a una estructura del mundo. Ahora bien: en los niveles arcaicos de la cultura, lo real –es decir, lo poderoso, lo significativo, lo viviente- equivale a lo sagrado. Por otra parte el mundo es una creación de los dioses o de los estados sobrenaturales; desvelar una estructura del mundo equivale a revelar un secreto o una significación “cifrada” de la obra divina. A esto se debe el que los símbolos religiosos arcaicos impliquen una ontología, ontología presistemática, evidentemente, expresión de un juicio que recae a la vez sobre el mundo y sobre la existencia humana. Un juicio que no está formulado en conceptos y que tampoco se deja siempre traducir en conceptos.
Tercero. Una característica esencial del símbolo religioso es su multivalencia, su capacidad de expresar simultáneamente varias significaciones cuya solidaridad no es evidente en el plano de la experiencia inmediata. El simbolismo de la luna, por ejemplo, revela una vinculación connatural entre los ritmos lunares, el devenir temporal, las aguas, el crecimiento de las plantas, las mujeres, la muerte y la resurrección, el destino humano, el oficio de tejedor, etc. En último análisis, el simbolismo de la luna muestra una correspondencia de orden “místico” entre los diversos niveles de la realidad cósmica y ciertas modalidades de la existencia humana. Subrayaremos que esta correspondencia no se impone ni a la experiencia inmediata y espontánea ni a la reflexión crítica. Es el resultado de un cierto modo de “estar presente” en el mundo.
Cuarto. Esta capacidad del simbolismo religioso para desvelar una multitud de significaciones estructuralmente solidarias tiene una consecuencia importante: el simbolismo es susceptible de revelar una perspectiva en la cual las realidades heterogéneas se dejan articular en un conjunto o incluso se integran en un “sistema”. Dicho de otro modo: el simbolismo religioso permite al hombre descubrir una cierta unidad en el mundo y, al mismo tiempo, conocer su propio destino como parte integrante de este mundo. […] El simbolismo de la noche y de las tinieblas –que se puede discernir en los mitos cosmogónicos, en los rituales iniciáticos, en las iconografías que representan animales nocturnos subterráneos- revela la solidaridad estructural entre las tinieblas precosmogónicas y prenatales por una parte, y la muerte, el renacimiento y la iniciación por otra. Esto hace posible no sólo la comprensión de cierto modo de ser, sino también la comprensión del “lugar” de este modo de ser en la constitución del mundo y de la condición humana. El simbolismo de la noche cósmica permite al hombre conocer lo que existía antes de él y antes que el mundo, captar cómo las cosas han adquirido la existencia y dónde se “encontraban” esas cosas antes de que estuviesen allí, delante de él. Tampoco aquí hay especulación, sino captación directa de este misterio: el que las cosas han tenido un comienzo y que todo lo que precede y concierne a este comienzo tiene un valor primordial para la existencia humana. Piénsese en la enorme importancia de los ritos iniciáticos que comportan un regressus ad uterum, gracias a los cuales el hombre cree tener el poder de comenzar una nueva existencia. Recuérdense asimismo las innumerables ceremonias destinadas a reactualizar periódicamente el “caos” primordial a fin de regenerar el mundo y la sociedad humana.
Quinto. Pero quizá la función más importante del simbolismo religioso –importante, sobre todo, a causa del papel que está destinado a representar en las especulaciones filosóficas ulteriores- sea su capacidad de expresar situaciones paradójicas o ciertas estructuras de la realidad última que son imposibles de expresar de otro modo. […]
Nicolás de Cusa consideraba la coincidentia oppositorum como la definición más apropiada de la naturaleza de Dios. Ahora bien: este símbolo era ya utilizado desde hacía mucho tiempo para significar lo que nosotros llamamos “totalidad” o el “absoluto” como la coexistencia paradójica en la divinidad de principios polares y antagónicos. La conjunción de la serpiente (o de cualquier otro símbolo de las tinieblas ctónicas y de lo no manifiesto) con el águila (símbolo de la luz solar y de lo manifiesto) expresa en la iconografía y en los mitos el misterio de la totalidad o de la unidad cósmica. […] Uno de los mayores descubrimientos del espíritu humano fue espontáneamente presentido el día que, a través de ciertos símbolos religiosos, el hombre adivinó que las polaridades y los antagonismos pueden ser articulados e integrados en una unidad. A partir de ese instante, los aspectos negativos y siniestros del cosmos y de los dioses no solamente encontraron una explicación, sino que se manifestaron como parte integrante de toda realidad o sacralidad.
Sexto. Por último, es preciso subrayar el valor existencial del símbolo religioso, es decir, el hecho de que un símbolo se refiere siempre a una realidad o a una situación que compromete la existencia humana. Esta dimensión existencial es la que distingue y separa primordialmente los símbolos y los conceptos. Los símbolos se mantienen todavía en contacto con las fuentes profundas de la vida; se puede decir que expresan lo “espiritual vivido”. Tal es la razón de que los símbolos tengan una especie de aura “numinosa”: ellos ponen de manifiesto que las modalidades del espíritu son, al mismo tiempo, manifestaciones de la vida y, en consecuencia, que comprometen directamente a la existencia humana. A esto se debe que incluso los símbolos que atañen a la realidad última supongan, al mismo tiempo, revelaciones existenciales para el hombre que sabe descifrar su mensaje.
El símbolo religioso traduce una existencia humana en términos cosmológicos y recíprocamente; más precisamente: manifiesta la solidaridad entre las estructuras de la existencia humana y las estructuras cósmicas. El hombre no se siente “aislado” en el cosmos; está “abierto” a un mundo que, gracias al símbolo, se convierte en “familiar”. Por otra parte las valencias cosmológicas del simbolismo le permiten salir de la situación subjetiva y reconocer la objetividad de sus experiencias personales.
De todo esto se desprende que aquél que comprende un símbolo no sólo se “abre” hacia el mundo objetivo, sino que, al mismo tiempo, consigue salir de su situación particular y acceder a una comprensión de lo universal. Esto se aplica por el hecho de que los símbolos hacen “resplandecer” tanto la realidad inmediata como las situaciones particulares. Cuando un árbol cualquiera encarna al árbol del mundo, o cuando la azada se asimila al falo y el trabajo agrícola al acto generador, etc., se puede decir que la realidad inmediata de estos objetos o actividades “brilla” por la fuerza de irrupción de una realidad más profunda. […]
Gracias al símbolo, la experiencia individual es “despertada” y transmutada en acto espiritual. “Vivir” un símbolo y descifrar correctamente su mensaje implica la apertura hacia el espíritu y finalmente el acceso a lo universal.” *
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* Eliade Mircea, Mefistófeles y el andrógino, Barcelona, Kairós, 2ª ed., 2008.
El canto de la perla (que aparece en el texto apócrifo de Los hechos de Tomás del siglo III), es un relato gnóstico de sobrecogedora belleza que exhorta a quien lo lee a salir del profundo sueño que nos hace olvidar nuestro origen celeste, la esencia verdadera del ser.
Entre la riqueza y la hermosura de sus imágenes destaca para mí la forma en que es descrito el ángel, la dimensión celestial de la que el protagonista es “despojado” cuando abandona su tierra en el oriente luminoso (la patria celestial), para viajar hasta Egipto. Se lo describe como un vestido brillante y fabuloso, adornado con todo tipo de gemas y “con la imagen del Rey de los reyes pintada en todo él”. Es el traje de luz confeccionado para cada uno de nosotros y que el príncipe del relato podrá volver a vestir a su regreso, retorno que podrá emprender si es capaz de obtener la perla que custodia una terrible serpiente que habita en el fondo del mar.
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EL HIMNO DE LA PERLA
1 Cuando era niño
vivía en mi reino en la casa de mi Padre,
2 y en la opulencia y abundancia
de mis educadores encontraba mi placer,
3 cuando mis padres me equiparon y
enviaron desde el Oriente, mi patria.
4 De las riquezas de nuestro tesoro
me prepararon un hato pequeño,
5 pero valioso y liviano
para que yo mismo lo transportara.
6 Oro de la casa de los dioses,
plata de los grandes tesoros,
7 rubíes de la India,
ágatas del reino de Kushán.
8 Me ciñeron un diamante
que puede tallar el hierro.
9 Me quitaron el vestido brillante
que ellos amorosamente habían hecho para mi,
10 y la toga purpúrea
que había sido confeccionada para mi talla.
11 Hicieron un pacto conmigo
y escribieron en mi corazón, para que no lo olvidara, esto:
12 ‘Si desciendes a Egipto
y te apoderas de la perla única
13 que se encuentra en el fondo del mar
en la morada de la serpiente que hace espuma
14 (entonces) vestirás de nuevo el vestido resplandeciente
y la toga que descansa sobre él
15 y serás heredero de nuestro reino
con tu hermano, el más próximo a nuestro rango.’
16 Abandoné Oriente y descendí
acompañado de dos guías
17 pues el camino era peligroso y difícil
y era muy joven para viajar.
18 Atravesé la región de Mesena,
el lugar de cita de los mercaderes de Oriente,
19 y alcancé la tierra de Babel
y penetré en el recinto de Sarbuj.
20 Llegué a Egipto
y mis compañeros me abandonaron.
21 Me dirigí directamente a la serpiente
y moré cerca de su albergue
22 esperando que la tomara el sueño y durmiera
y así poder conseguir la perla.
23 Y cuando estaba absolutamente solo,
extranjero en aquel país extraño,
24 vi a uno de mi raza, un hombre libre,
un oriental,
25 joven, hermoso y favorecido,
26 un hijo de nobles,
y llegó y se relacionó conmigo
27 y lo hice mi amigo íntimo,
un compañero a quien confiar mi secreto.
28 Le advertí contra los egipcios
y contra la sociedad de los impuros.
29 Y me vestí con sus atuendos
para que no sospecharan que había venido de lejos
30 para quitarles la perla
e impedir que excitaran a la serpiente contra mí.
31 Pero de alguna manera
se dieron cuenta de que yo no era un compatriota;
32 me tendieron una trampa
y me hicieron comer de sus alimentos.
33 Olvidé que era hijo de reyes
y serví a su rey;
34 olvidé la perla
por la que mis padres me habían enviado
35 y a causa de la pesadez de sus alimentos
caí en un sueño profundo.
36 Pero esto que me acaecía
fue sabido por mis padres y se apenaron de mí
37 y salió un decreto de nuestro reino,
ordenando a todos, venir ante nuestro trono,
38 a los reyes y príncipes de Partia
y a todos los nobles del Oriente.
39 Y determinaron sobre mí
que no debía permanecer en Egipto,
40 y me escribieron una carta
que cada noble firmó con su nombre:
41 ‘De tu Padre, el Rey de los reyes,
y de tu Madre, la soberana de Oriente,
42 y de tu hermano, nuestro más cercano en rango,
para ti, hijo nuestro, que estás en Egipto, ¡Salud!
43 Despierta y levántate de tu sueño,
y oye las palabras de nuestra carta.
44 ¡Recuerda que eres hijo de reyes!
¡Mira la esclavitud en que has caído!
45 ¡Recuerda la perla
por la que has sido enviado a Egipto!
46 Piensa en tu vestido resplandeciente
y recuerda tu toga gloriosa
47 que vestirás y te adornará
cuando tu nombre sea leído en el libro de los valientes
48 y que con tu hermano, nuestro sucesor,
serás el heredero de nuestro reino.’
49 Y mi carta, era una carta
que el Rey selló con su mano derecha,
50 para preservarla de los males, de los hijos de Babel
y de los demonios salvajes de Sarbuj.
51 Voló como un águila–la carta–,
el rey de los pájaros;
52 voló y descendió sobre mí
y llegó a ser toda palabra.
53 A su voz y alboroto
me desperté y salí de mi sueño.
54 La tomé, la besé,
quité su sello y la leí:
55 y se acordaban con lo escrito en mi corazón,
las palabras escritas en la carta.
56 Recordé que era hijo de reyes,
y libre por propia naturaleza.
57 Recordé la perla,
por la que había sido enviado a Egipto,
58 y comencé a encantar
a la terrible serpiente que produce espuma.
59 Comencé a encantarla y la dormí
después de pronunciar sobre ella el nombre de mi Padre,
60 y el nombre de mi hermano
y el de mi madre, la reina de Oriente;
61 y capturé la perla
y volví hacia la casa de mis padres.
62 Me quité el vestido manchado e impuro
y lo abandoné sobre la arena del país,
63 y tomé el camino derecho hacia
la luz de nuestro país, el Oriente.
64 Y mi carta, la que me despertó,
la encontraba ante mí, durante el camino,
65 y lo mismo que me había despertado con su voz
me guiaba con su luz.
66 Pues la (carta) real de seda
brillaba ante mí con su forma
67 y con su voz y su dirección
68 me animaba y atraía amorosamente.
69 Continué mi camino, pasé Sarbuj,
dejé Babel a mi lado izquierdo.
70 Y alcancé la gran Mesena,
el puerto de los mercaderes,
71 que está sobre el borde del mar.
72 Y mi vestido de luz, que había abandonado,
y la toga plegada junto a él,
73 de las alturas de Hyrcania
mis padres me los enviaban,
74 por medio de sus tesoreros,
a cuya fidelidad se los habían confiado,
75 y puesto que yo no recordaba su dignidad
ya que en mi infancia había abandonado la casa de mi Padre,
76 de improviso, como los enfrentara,
el vestido me pareció como un espejo de mí mismo,
77 Lo vi todo entero en mí mismo,
y a mí mismo entero en él,
78 puesto que nosotros éramos dos diferentes
y, no obstante, nuevamente uno en una sola forma.
79 Y a los tesoreros igualmente,
quienes me lo traían, los vi en semejante manera,
80 ya que ellos eran dos, aunque como uno,
puesto que sobre ellos estaba grabado un único sello del Rey,
81 quien me restituía
mi tesoro y mi riqueza por medio de ellos,
82 mi luminoso vestido bordado,
que estaba ornado con gloriosos colores,
83 con oro y con berilos,
con rubíes y ágatas
84 y sardónices de variados colores,
también había sido confeccionado en la mansión de lo alto
85 y con diamantes,
habían sido festoneadas sus costuras.
86 Y la imagen del Rey de los reyes
estaba pintada en todo él,
87 y también como los zafiros
rutilaban sus colores.
88 Y nuevamente vi que todo él
se agitaba por el movimiento de mi conocimiento,
89 y como si se preparase a hablar
lo vi.
90 Oí el sonido del canto
que musitaba al descender,
91 diciendo: ‘Soy el más dedicado de los servidores
que se han puesto al servicio de mi Padre’,
92 y también percibí en mí
que mi estatura crecía conforme a sus trabajos.
93 Y en sus movimientos reales
se extendió hasta mí,
94 y de las manos de sus portadores
me incitó a tomarlo.
95 Y también mi amor me urgía
para que corriera a su encuentro y lo tomara.
96 y así lo recibí
y con la belleza de sus colores me adorné.
97 Y mi toga de colores brillantes
me envolvió todo entero,
98 y me vestí y ascendí
hacia la puerta del saludo y del homenaje;
99 incliné la cabeza y rendí homenaje
a la Majestad de mi Padre que lo había enviado hacia mí,
100 porque había cumplido sus mandamientos
y él también había cumplido su promesa,
101 y a la puerta de sus príncipes,
me mezclé con sus nobles;
102 pues se regocijó por mí y me recibió,
y fui con él en su reino.
103 Y con la voz de la oración
todos sus siervos le glorifican.
104 Y me prometió que también hacia la puerta
del Rey de los reyes iría con él,
105 y llevando mi obsequio y mi perla
aparecía con él ante nuestro Rey.
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Abel, mi agradecimiento por el envío (tan oportuno) de esta bellísima traducción.
El álbum “In Rainbows” de la banda de rock Radiohead es -ahora puedo decirlo-, un disco mágico. Y para quien quiera descubrirlo y vivenciarlo dejo aquí una de mis impresiones y puede que una de las claves de sus maravillas: su música hace eco en ti, en un espacio interior que la reverberación desvela.
Kafka escribió:
“Todo hombre lleva dentro una habitación. Se puede comprobar este hecho incluso acústicamente. Cuando alguien anda a paso ligero y se escucha con atención, de noche tal vez, cuando todo está en silencio, se oye por ejemplo el tintineo de un espejo mal afianzado en la pared.”
La atmósfera y la profundidad -a veces abisal- de algunas de sus canciones pueden llevarte hasta las puertas de ese lugar interior que, por qué no, comienza en una habitación. Pero pronto se intuye que el espacio tras los muros prosigue y prosigue; y el sonido, convertido en una especie de psicopompo, invita a adentrarse y explorar, tal vez perderse o incluso -si supiéramos no mirar atrás-, traer de vuelta a nuestra Eurídice.
La música transporta el rumor de esa primera estancia. No está demasiado oculta pues puede percibirse con el oído que nos lleva hasta el mar cuando escuchamos una caracola. Después queda para aquel que lo desee lo más difícil: tratar de encontrar la puerta que se abre al fondo y el valor para adentrarse más allá de ella.
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Aquí os dejo una versión en vivo de “Nude”.
Espero que la disfrutéis.



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