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Porque el cielo se tensó con nubes rojas
yo quebré mis flechas color cobre;
cuando vi la luna enrojecer el horizonte
arrojé mis perlas a un charco de sangre;
cuando el sol se ocultó tras las cenizas
entregué mi estandarte a la hoguera.
Ahora los muros de mi palacio son refugio de los lagartos;
yo deambulé perdida en sus salones
hasta que, desde dentro, abriste de par en par mis puertas.
“El símbolo evoca, el lenguaje sólo explica. El símbolo se remite a todos los aspectos del espíritu humano a un tiempo, mientras que el lenguaje debe centrarse siempre en un solo pensamiento. El símbolo halla su raíz en las profundidades más secretas del alma, mientras que el lenguaje roza como un silencioso soplo de viento la superficie de la comprensión. El símbolo está orientado a lo interno, el lenguaje, a lo externo. Sólo el símbolo logra unir lo diferente, lo opuesto, en una impresión sintética. El lenguaje ensarta o meramente yuxtapone lo particular y diferente, presentando a la conciencia de un modo siempre fraccionado aquellos contenidos que, por su inefabilidad, deberían presentarse al alma en una sola intuición para ser aprehendidos. Las palabras convierten lo infinito en finito, pero los símbolos transportan el espíritu más allá de las fronteras de la finitud, del devenir, hasta el reino del infinito, el reino del ser. Los símbolos evocan, son cifras inagotables de lo indecible, son tan misteriosos como necesarios; como toda religión por su esencia, son los símbolos un discurso mudo que se corresponde en especial con la quietud de los sepulcros, y resultan inaccesibles a la blasfemia, a la duda, así como a los inmaduros frutos de la sabiduría.”*
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Relieve del pórtico central de Notre Dame de París.
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*Bachofen, Johann Jakob, Mitología arcaica y derecho materno, Barcelona, Anthropos,1ª ed., 1988.
“El hombre no puede encontrar sus principios y medios más que en sí mismo, y puede hacerlo porque lleva en sí la correspondencia de todo cuanto existe: el-insânu ramzu’l-wojûd, “el hombre es un símbolo de la Existencia universal”; y si consigue penetrar hasta el centro de su propio ser, alcanza por ello el conocimiento total, con todo lo que implica por añadidura: man yaraf nafsahu yaraf Rabbahu, “aquel que conoce su Sí, conoce a su Señor.”
René Guénon, Sobre hermetismo.
“No abandones tu alma ni te opongas a ella, ve, en cambio, con ella y busca lo que en ella hay.”
“No es cuestión de conocer a Dios cuando se aparta el velo, sino de conocerlo en el velo mismo.”
Shayk Ahmad Al-‘Alawî, Aforismos y poemas.
“Te advierto, quien quiera que fueres, ¡Oh! tú que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el Tesoro de los Tesoros ¡Oh! Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los Dioses.”
Inscripción del oráculo de Delfos.


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