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Busqué, entre el carbón y los guijarros,
diamantes y esmeraldas,
zafiros y rubíes,
hasta que la noche con su manto me cubrió.
La ubicua melodía de mis sueños
volvió a resonar
y la silueta indefinida de ese cuerpo nebuloso
tendió nuevamente sus brazos.
Quise ver su rostro,
pero el resplandor acabó por cegarme.
Quise abrazarla,
pero se escabulló, airosa,
como el humo que escapó por la ventana.
¿qué tan lejos se ha ido?
En verdad, nunca se fue.
Sigue aquí, esperando, lo sé.

“¡Cuán grande es la plenitud de tu dulzura, que has reservado para los que te temen! Es el tesoro inexplicable de la alegría más dichosa. Gustar tu misma dulzura es aprehender en su propio principio, con un contacto experimental, la suavidad de todas las cosas delectables; es alcanzar en tu sabiduría la razón de todas las cosas deseables. En efecto, ver la razón absoluta, que es la razón de todas las cosas, no es otra cosa que gustarte mentalmente a tí, Dios, que eres la misma suavidad del ser, de la vida y del intelecto. ¿Qué otra cosa es, Señor, tu ver, cuando me miras con ojos de piedad, sino que tú eres visto por mí? Viéndome, tú que eres Dios escondido, me concedes que tú seas visto por mí. Nadie puede verte sino en cuanto tú le concedes que seas visto. Y verte no es otra cosa que que tú ves al que te ve.”

(Nicolás de Cusa, La Visión de Dios, Ed. EUNSA, 5ta edición. Traducción e introducción de Ángel Luis González)

La Primavera es la estación del Paraíso,

dijo el Sufí,

y tú señalabas, Vigilante, su entrada.

Maleza y metal

en verdes y dorados,

verdes y dorados

y esencia de azahar.

La verja se abre,

¿puedes creerlo?

Esa puerta estaba allí para ti.

Ahora ya no puedes verla

… ¿o sí?

“Quien entre en la basílica de San Ambrosio de Milán, uno de los lugares fundacionales de la cristiandad, se encontrará en seguida con una sorpresa: en el lado izquierdo de la nave central hay una columna aislada de granito, coronada con una serpiente de bronce, que se despliega, horizontalmente, en sus espiras. Según Landolfo el Viejo, cronista del siglo XI, esa serpiente fue donada por el emperador de Oriente Basilio al arzobispo Arnolfo, embajador de Otón III en Constantinopla, en el año 1001 o 1002. Dom Leclercq escribe: “El griego donó ese bello objeto de bronce haciendo creer que era la serpiente de bronce levantada por Moisés en el desierto. Esta fantasía tuvo gran repercusión en el pueblo, que no ha dejado de creer en ella, aunque los eruditos sean de distinto parecer.”

Desde hace miles de años en todo caso, ese desconcertante animal metálico “de forma elegante” hiere el poderoso y ponderado equilibrio románico de la basílica. Otros deben de haberlo percibido ya como un elemento extraño, dado que a finales del siglo XIII fue dispuesta una columna exáctamente simétrica, en la parte opuesta de la nave central, coronada por una cruz de bronce, hoy sustituida por una cruz decimonónica, que no alcanza a equilibrar el poder de la serpiente bizantina. En su sermón sobre los Salmos, Ambrosio se había referido ya al tema del paralelismo entre la serpiente de bronce y Jesús en la cruz: “Potest non timere serpentes, qui hunc novit adorare serpentem“, “Quien sabe adorar esta serpiente puede no tener miedo de las serpientes”.

Roberto Calasso, El rosa Tiepolo.

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serpiente-de-bronce

Busca la llave de oro; con ella abrirás la verja del jardín del misterio, la que se encuentra oculta tras la espinosa rosaleda; tendrás que adentrarte en la oscuridad, mas no temas; allí encontrarás un quiosco sobre un montículo rodeado de estatuas de ángeles, musas y dioses, y en su centro verás que un pedestal sostiene una lámpara. Entonces sabrás que la luz de su fuego es la que buscas, pues hará que sobre el espejo se refleje lo invisible y que los símbolos, acallados por el sopor del olvido, te susurren al oído su verdad.

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