“Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas. Sin embargo, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada.”
(Lucas 10: 41-42)
“Si un hombre le ha reconocido a aquel que, siendo uno, gobierna todas las causas, en quien todo esto se une y en quien todo se destruye de nuevo, aquel que es el Señor, el que otorga las bendiciones, el dios adorable, entonces mora para siempre en esa paz.”
Svetasvatara Upanishad
“Viendo, pues, en un solo ser al que es primer y último, al sumo y al ínfimo, a la circunferencia y al centro, al alfa y la omega, causado y causa, Creador y criatura, al libro escrito por dentro y por fuera, llega nuestra alma a un objeto perfecto, y así puede entrar con Dios a la perfección de sus ilustraciones en el sexto grado, que viene a ser como el sexto día.
Entonces ya no le resta otra cosa sino el día de descanso, en el cual saliendo de sí misma por un éxtasis o desbordamiento mental repose la mente humana de todas las obras que haya acabado (Génesis, II, 2)”
San Buenaventura
Para continuar explorando algunas de las ideas implícitas en el hilo conductor de nuestras últimas reflexiones, y puesto que a veces es mejor dejar hablar a los maestros, compartimos en esta ocasión un interesante pasaje de los “Diálogos de amor” de Yehudá Abrabanel, mejor conocido como León Hebreo.
Filón, uno de los interlocutores del diálogo, señala, de acuerdo a las enseñanzas de algunos sabios, que la felicidad, el fin último del hombre, consiste en “el conocimiento de todas las ciencias de las cosas y en todas sin faltar ninguna”, pero, como “manifiestamente es imposible que un hombre conozca todas las cosas juntas y cada una por sí distintamente”, se sigue que no es de este modo, es decir, por una simple acumulación de datos, que por su propia naturaleza son inabarcables, como se podría aspirar a algún tipo de realización espiritual, sino que, por el contrario, “de necesidad consiste la bienaventuranza en un solo acto de entender, porque, aunque se pueden tener juntos muchos actos de ciencia, (…) actualmente no se puede entender más que una sola cosa”. En otras palabras, no es por un modo de pensamiento analítico, y esto siempre es bueno recordarlo en una época donde prima lo cuantitativo y el nivel de conocimiento -o lo que se entiende como tal- de una persona parece evaluarse muchas veces en función de la cantidad de datos almacenados en su memoria, sino a través de un conocimiento sintético capaz de integrar la totalidad de las cosas en una única operación intelectiva, como el individuo puede alcanzar la perfecta beatitud. Esto no excluye necesariamente, según nuestra perspectiva, el trabajo especulativo y simbólico previo, que bien puede ser útil aunque luego deba ser superado, pues esa “sola cosa” que puede ser entendida en acto es vista, en primer lugar, como un reflejo proyectado a través de la multiplicidad.
En el siguiente fragmento del primer diálogo, nos explica precisamente en qué consiste este entendimiento, es decir, lo único necesario.
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“SOFÍA.- Declárame, pues, qué entendimiento es ese que, siendo conocido, causa la beatitud.
FILÓN. – Algunos tienen que es el entendimiento agente que, copulándose con nuestro entendimiento posible, ve todas las cosas en acto juntamente con una sola visión espiritual y clarísima, por la cual se hace bienaventurado. Otros dicen que la beatitud es cuando nuestro entendimiento, alumbrado totalmente de la copulación del entendimiento agente, es hecho todo actual sin potencia y ve en sí mismo espiritualmente todas las cosas, según su ínfima esencia intelectiva, en la cual están; y en uno y en el mismo e inteligente ve la cosa entendida y el acto de la inteligencia sin alguna diferencia ni diversidad de ciencia. También dicen éstos que cuando nuestro entendimiento está esenciado en esta manera se hace y queda uno mismo esencialmente con el entendimiento agente, sin quedar entre ellos alguna división o multiplicación. Y así hablan de la felicidad lo más claros filósofos, y sería largo, mas no proporcionado a nuestra plática, decir lo que traen en pro y contra. Empero, lo que yo te diré es que otros que contemplan mejor la divinidad dicen, y yo con ellos juntamente, que el entendimiento actual que alumbra al nuestro posible es el altísimo Dios; y así tienen por cierto que la bienaventuranza consiste en el conocimiento del entendimiento divino, en el cual están todas las cosas primero y más perfectamente que en ningún entendimiento criado, porque en él están todas las cosas esencialmente no sólo por razón de entendimiento, sino también causalmente, como en primera y absoluta causa de todas las cosas que son. De tal manera que Él es la causa que las produce, la mente que las gobierna y la forma que las informa, y para el fin a que las endereza son hechas, de Él vienen y a Él últimamente se vuelven como a último y verdadero fin y común felicidad, Él es el primer ser y por su participación son todas las cosas, Él es el puro acto y el supremo entendimiento, de quien depende todo entendimiento, acto, forma y perfección, y a Él se enderezan como a perfectísimo fin, y en Él estan todas las cosas espiritualmente sin división o multiplicación alguna, antes en simplísima unidad, Él es el verdadero bienaventurado, todas las cosas tienen necesidad de Él y Él de ninguna; viéndose a sí mismo, conoce todas las cosas, y, viendo es de sí visto, y su visión, a quien puede verle, toda es suma unidad, y aunque no es capaz, conoce de Él cuanto es capaz, y, viéndole el entendimiento humano o angélico, ve, según su capacidad y virtud, todas las cosas juntamente en suma perfección y participa su felicidad y por ella se hace y queda felice, según el grado de su ser. No te diré más que aquesto, porque la calidad de nuestra plática no los consiente, ni tampoco la lengua humana es suficiente a explicar perfectamente todo lo que el entendimiento en esto siente, ni con las voces corpóreas se puede representar la intelectual puridad de las cosas divinas. Basta que sepas que nuestra felicidad consiste en el conocimiento y visión divina, en la cual se ven todas las cosas perfectísimamente.”
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Referencias:
León Hebreo, “Díalogos de amor”, ed. Espasa Calpe, 1º ed., 1947, Buenos Aires, Argentina. Traducción de Garcilaso de la Vega.


3 comentarios
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marzo 9, 2011 a 5:35 pm
Pola
Querido V.,
es precioso el fragmento que nos has dejado y que acerca de una forma tan bella a esa impresión de Dios en todo y todo en Dios, de simultaneidad e identidad perfectas: “Qué maravilla estar fuera como dentro, comprender y ser comprendido, ver y al mismo tiempo ser visto, contener y ser contenido: ese es el final en el que el espíritu permanece en paz, en la unidad de la amada eternidad.” (Eckhart)
Para el Maestro Eckhart, como bien sabes, la forma de encontrar a Dios, de que se produzca el “nacimiento eterno del Hijo en el alma”, pasa necesariamente por que el alma sea completamente silenciada y se recoja sobre sí misma, librándose de todas sus actividades y acallando sus potencias, hasta replegarse sobre su fondo, su parte más noble, en la que sólo penetra Dios: “A quien diga Dios está aquí o allí no le creáis. La luz que es Dios brilla en las tinieblas… Dios es una luz verdadera; quien quiera verla debe ser ciego.” (“El alma que se concentra es el nombre de mi barca”, dice en “El libro egipcio de los muertos”).
Esta Luz es el Verbo, “el más alto resplandor de Dios”, el “espejo de la Verdad sin mancha” que tiene en sí mismo la verdad de todo. Así el nacimiento eterno, o filiación en palabras de Nicolás de Cusa, “es la supresión de toda alteridad y diversidad y la reducción de todo en uno y de lo uno en todo.” Esta definición me gustó especialmente, ya que en su parte final incide en que, aunque aquel que busca debe ser despojado de sí mismo y de todo, le es otorgado recuperar todas las cosas tal como son en Dios.
Te dejo para acabar un breve fragmento del tratado sobre “El nacimiento eterno” del Maestro Eckhart. Espero que te guste. Dice así:
“En cuanto la naturaleza alcanza su perfección, Dios da su gracia: en el mismo instante en que el espíritu está listo, Dios penetra en él sin duda ni retraso. Leemos en el libro de los misterios cómo se presenta Nuestro Señor al pueblo: “Me pongo ante la puerta, llamo y espero, aquel que me hace entrar, será en su casa donde tome mi cena.” No necesitas buscarlo aquí o allá, él no está más allá de la puerta de tu corazón: ahí es donde él se encuentra y espera, ávidamente, a aquel que esté dispuesto a abrirle y a hacerle entrar; no necesitas primero llamar más lejos: ¡él espera más impacientemente que tú que le abras, él suspira mil veces más vivamente hacia ti que tú hacia él! El abrir y el entrar son sólo uno.”
Un abrazo muy, muy fuerte!
marzo 10, 2011 a 11:27 pm
Máximo
Estupendo, y también el comentario de Pola.
Pero siempre que no se pierda de vista que tanto León Hebreo como Eckhart pensador y hablaron sobre ese conocimiento que no se deja pensar ni decir…
Esto me recuerda aquella ‘sentencia’ de Lao Tze (Tao Te Kin):
“El que sabe no habla; el habla no sabe”
Pero no se puede negar que el que afirmó eso, lo ‘habló’, sabía…
Así, entiendo que el conocimiento unitivo, ‘lo único necesario’, no es lo ‘otro’ y opuesto al pensamiento y el lenguaje sino un modo de comprensión interior que puede llevar o bien al silencio o bien a la palabra… e incluso a la acción, por ejemplo en el rito y en la ejecución artística.
Un cálido abrazo a ambos
marzo 10, 2011 a 11:28 pm
Máximo
Aunque supongo que se entendió, quise decir que “tanto León Hebreo como Eckhart pensaron y hablaron…”