“El árbol que mueve algunos a lágrimas de felicidad,
en la mirada de otros no es más que un objeto verde
que se interpone en el camino.
Algunas personas ven la Naturaleza como algo ridículo y  deforme,
pero para ellos no dirijo mi discurso;
y aun algunos pocos no ven en la naturaleza nada en  especial.
Pero para los ojos de la persona de imaginación,
la Naturaleza es imaginación misma.
Así como un hombre es, ve.
Así como el ojo es formado, así es como sus potencias quedan establecidas.”

William Blake.

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Existe una luz, una potencia en el ser humano capaz de mostrarnos la inmensidad del mundo ordinariamente reducido a lo que contemplan nuestros cinco sentidos. Si no logramos que su claridad nos ilumine, aquello que conocemos mantendrá oculto su sentido superior. Sin embargo, este sentido es accesible para aquel que descubre y cultiva el fuego que alumbra las cosas para que muestren su verdad; sobre esta luz y el universo que revela explica Paracelso:

“En la Naturaleza hallamos una luz que nos ilumina como no pueden hacerlo el Sol y la Luna. Porque está hecha de tal modo que sólo a medias vemos a los hombres y a todas las demás criaturas, y por eso tenemos que seguir investigando… No debemos ahogarnos en nuestra labor diaria, porque quien busca, encuentra…Y si seguimos la luz de la Naturaleza resultará que también está ahí la otra mitad del hombre, y que el hombre no está hecho tan solo de carne y sangre, sino también de un cuerpo invisible para nuestro burdo ojo.
La Luna emite una luz, pero a ella no se advierten los colores; pero en cuanto se alza el Sol es posible distinguirlos a todos entre sí. Así pues la Naturaleza tiene una luz que brilla como el Sol; e igual que la luz del Sol respecto a la de la Luna, así la luz de la Naturaleza brilla más allá de la fuerza de los ojos. A su luz se hace visible lo invisible; por ello tened siempre presente que una luz eclipsa a la otra.
Sabed que nuestro mundo y todo lo que vemos y podemos tocar en nuestro entorno son sólo la mitad del Cosmos. Aquel mundo que no vemos es igual al nuestro en peso y medida, en esencia y condición. De donde se sigue que también hay otra mitad del hombre que actúa en ese mundo invisible. Cuando sabemos de la existencia de ambos mundos, entendemos que sólo las dos mitades forman un hombre completo; porque son por así decirlo como dos hombres unidos a un cuerpo.”
(1)

Esta otra parte del Cosmos generalmente oculta, lugar que posee sus océanos y sus islas, sus montañas y sus ciudades, sus infiernos y sus paraísos es el Mundo del Alma, que Henry Corbin en su excelente esfuerzo por rescatarlo para la mentalidad moderna occidental llamó mundus imaginalis, traducción del árabe alam al-mital. Este mundo imaginal (que no imaginario) es el reino intermedio, aquel que pone en contacto la realidad sensible con el mundo de las puras luces espirituales, con la realidad inteligible. Es un lugar que se encuentra fuera de las coordenadas geográficas y del tiempo ordinario, donde se desarrollan los acontecimientos eternos de una historia sagrada ajena a la cronología lineal. Es la Tierra Celeste suprasensible que se muestra ante quien entiende que el mundo físico que le rodea, al igual que los textos sagrados, posee un sentido más allá del inmediato y literal, que puede ser revelado por el alma a sí misma mediante un órgano o facultad de conocimiento que le es propia. Esta facultad es la Imaginatio vera, capaz de iluminar y contemplar el mundo suprasensible, el mundo sutil de luz con el que mantiene una íntima correspondencia, pues ella ocupa en el microcosmos el mismo rango que el reino intermedio ocupa en el macrocosmos. En palabras de Corbin:

“Es una facultad cognoscitiva de pleno derecho. Su función mediadora consiste en darnos a conocer plenamente la parte del Ser que, sin esa mediación, seguiría siendo un mundo prohibido, cuya desaparición supone una catástrofe para el Espíritu y cuyas consecuencias aún no hemos calibrado. Es ante todo una potencia mediana y mediadora, del mismo modo que el universo en el que se integra y al que da acceso es un universo mediano y mediador, un intermundo entre lo sensible y lo inteligible, intermundo sin el cual la articulación entre lo sensible y lo inteligible queda íntegramente bloqueada. Entonces los pseudodilemas se agitan en la sombra porque se les ha cerrado el paso.” (2)
“La idea de esta región intermedia presupone la triple articulación de lo real con el mundo inteligible (Jabârut), el mundo del alma (Malâkut) y el mundo material, tríada a la que corresponde la tríada antropológica espíritu, alma, cuerpo. Desde el momento en que la antropología filosófica lo redujo a una díada, alma y cuerpo, o si se prefiere espíritu y cuerpo, se ha acabado con la función noética, cognitiva de los símbolos […] Es entonces el inmenso mundo de la Imaginación, en sentido propio el mundo del Alma, el que, identificado con lo imaginario, con lo irreal, está abocado a la decadencia.” (3)

La Imaginatio vera es la visión que epifaniza el mundo, pues todo lo que se presenta ante ella es una imagen, una forma bajo la que el alma viste para sí misma las realidades del mundo inteligible (cognoscibles de forma directa tan sólo por la intuición intelectual) y por eso mismo es un mundo formado y poblado por símbolos. Los símbolos, según nos explica Corbin, no son signos artificialmente construidos, sino que “afloran espontáneamente en el alma para anunciar algo que no puede expresarse de otra forma, es la única expresión de lo simbolizado como realidad que se hace transparente al alma, pero en sí misma trasciende toda expresión.” (4)
“El símbolo garantiza la correspondencia de dos universos que están en niveles ontológicos distintos: es el medio, el único medio de penetración en lo invisible, en el mundo del misterio, en lo esotérico.” (5)

El reino intermedio es el lugar donde toman forma las realidades del Espíritu, pues se visten con los ropajes del símbolo anunciando al alma lo que hay más allá de sí misma.

Para aquel que alumbra la Tierra Celeste, aquel que penetra en el mundo imaginal con la firme voluntad de encontrar en él lo más excelso, el viaje no ha hecho más que comenzar. Allí partirá a través de pruebas y peligros en busca del lugar oculto, la cima de la montaña cósmica, el polo místico que supone el umbral del más allá y medio necesario para reunir el espíritu y la materia, en un peregrinaje hasta el corazón de sí mismo y del mundo donde hallará a quien será su Guía de luz, su ángel y cuerda de oro. Este es el Rayo celeste que lo conecta directamente con el cielo; pero para reencontrarlo, para lograr que descienda hasta nosotros la Luz de Gracia, será necesario partir en su busca.

(1) Paracelso, Textos esenciales, Madrid, Siruela, 2a ed., 2001

(2) Corbin, Henry, Cuerpo espiritual y Tierra celeste, Madrid, Siruela, 2a ed., 2006

(3) y (5)  Corbin, Henry, El Imam oculto, Madrid, Losada, 1a ed., 2005

(4) citado en: Arola, Raimon, Alquimia y religión. Los símbolos herméticos del siglo XVII, Madrid, Siruela, 1a ed., 2008

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