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Aún a riesgo de repetir lo ya expresado en otras entradas de esta bitácora, publicamos las siguientes reflexiones que creemos aportan un punto de vista más al tema que nos ocupa. – M.

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“Pero lo que es más grande, es que [en el reino del Azufre] hay un espejo en el cual se ve todo el mundo. Cualquiera que mire en este espejo, puede ver y aprender las tres partes de la sapiencia de todo el mundo, y de esta manera se volverá muy sabio en estos tres reinos, como lo han sido Aristóteles, Avicena y muchos otros, que al igual que sus predecesores han visto en este espejo cómo ha sido creado el mundo.”

El Cosmopolita, Tratado del Azufre, Cap. VII

 

¿A qué se refiere el Cosmopolita, y con él todos los alquimistas y filósofos herméticos, cuando nos hablan de este misterioso espejo de Sabiduría? ¿Se trata acaso de esos extraños objetos de óptica utilizados para observar las estrellas? ¿Se trata del antecesor del microscopio/telescopio? ¿O será más bien algo a lo que todo el mundo tiene acceso, pero que muy pocos conocen  y de lo que sólo una minoría puede hacer uso provechoso?

Nos dicen que es una tierra virgen que se extiende por encima de nuestras cabezas, y en la que no sólo se refleja toda la naturaleza, sino también las tres partes de la sabiduría (Sophia) de todo el mundo, aquellas a las que Hermes Trismegisto hace alusión en su Tabula Smaragdina. Fulcanelli, en Las moradas filosofales, dice que es de superficie convexa, porque posee la propiedad de reducir las formas conservando sus proporciones respectivas y que “estudiando con paciencia esta única y primitiva sustancia, parcela caótica y reflejo del gran mundo, el artista puede adquirir las nociones elementales de una ciencia desconocida, penetrar en un dominio inexplorado, fértil en descubrimientos, abundante en revelaciones, pródigo en maravillas, y recibir finalmente el inestimable don que Dios reserva a las almas de élite: la luz de la sabiduría”… [Las moradas filosofales, Barcelona, Indigo, 2000, p. 594].

Este espejo es la Tierra Celeste en la que se reflejan las verdades intelectuales, que H. Corbin llama mundus imaginalis, mundo intermediario en el que los cuerpos se espiritualizan y los espíritus toman cuerpo. Para poder mirar en este espejo, penetrar en esta tierra prometida, se necesita un órgano lo suficientemente sutil como para poder percibir sus maravillas. Este órgano o función es la Imaginación activa.

Según la metafísica de la imaginación de Sohravardi, “la imaginación ofrece un doble aspecto, cumple una doble función: hay por una parte una imaginación pasiva o representativa (kayal) que es sencillamente el tesoro que recoge todas las imágenes percibidas por el sensorium, que es a su vez el espejo en el que convergen todas las percepciones de los sentidos externos. Por otra parte, hay una imaginación activa (motakhayyila). Esta se encuentra situada entre dos fuegos: puede sufrir dócilmente los mandatos de la facultad estimativa (wahmiya), y el animal rational juzga entonces las cosas de una manera que se relaciona con la de los animales. Puede caer y cae de hecho en todos los delirios y elaboraciones monstruosas de lo imaginario, y opone negaciones obstinadas a los juicios del intelecto. Pero, por el contrario, la imaginación activa puede ponerse exclusivamente al servicio del intelecto, en cuanto a su función que es común a filósofos y poetas (el intellectus santus). Toma entonces el nombre de cogitativa o meditativa (mofakkiraa: señalemos que ése es otro nombre de la imaginación activa, de la imaginadora)” [Corbin, Templo y contemplación, p. 261-262]

La imaginación activa, purificada y ejercitada, se convierte en lo que los alquimistas llamaron Imaginatio Vera (imaginación verdadera, el astrum in homine de Paracelso y que éste diferenció acertadamente de la fantasía, de lo irreal). Esta misteriosa imaginación activa es la que nos permite ingresar al mundo en el cual suceden todas las transmutaciones alquímicas, de las que la primera es su propia transformación de activa a Verdadera.

Debemos tener presente que el mundo intermedio al que accedemos por la imaginación activa es sólo un escalón en el ascenso del alma, y que la Imaginatio Vera es una visión de las verdades intelectuales aún “por reflejo”. Por tanto no hay correspondencia entre la Imaginatio vera y lo que Guénon entendía como Intuición intelectual. La Intuición intelectual es un conocimiento directo, inmediato, mientras que la Imaginatio vera es mediata, propia de los místicos, de allí que sin una guía fiel uno pueda perderse entre los meandros de un mundo dual (por su propia naturaleza intermedia) y caer en la fantasía. [Ver R. Guénon, Contemplación directa y contemplación por reflejo, cap. XVI de Iniciación y realización espiritual].

Pero ¿cómo accede el buscador a esta tierra celeste? ¿Cómo se pone en contacto con esta visión imaginal que le permitiría llegar al centro de sí mismo y ascender de mundo en mundo incluso hasta lo no manifestado? No existe una vía única. Cada quien debe encontrar su propia manera y camino. Una verdadera ayuda la constituye la meditación en los símbolos, la con-centración que consiste observar todo el mundo en el espejo convexo que es el alma misma y su propio dominio. De ahí la importancia del símbolo, ya que es el nexo que nos permite ir desde algo conocido hacia algo desconocido, gradualmente, según la capacidad propia.

Y esto es posible porque el símbolo tiene un origen no humano, es decir, no está inventado por el hombre, sino que en él mismo se expresa la realidad de lo simbolizado y permite al hombre alcanzar su origen más allá de la individualidad, podríamos decir que esta tierra celeste, espejo de sabiduría o mundus imaginalis, es un mundo simbólico, no sólo en el sentido de que él mismo sea un símbolo, sino en el de que es en este estrato en donde “funcionan” y actúan los símbolos. Ellos tienen, entonces, su origen en el mundo intelectual, su soporte en el mundo sensible y su acción en el mundo imaginal, que es el mundo propio del alma. Ella es la que se descubre a sí misma al observase en este espejo mágico. Cuando el alma se reconoce en él, se da cuenta de que no es algo diferente de lo que ve, y descubre que ese mundo es ella misma.

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Busca la llave de oro; con ella abrirás la verja del jardín del misterio, la que se encuentra oculta tras la espinosa rosaleda; tendrás que adentrarte en la oscuridad, mas no temas; allí encontrarás un quiosco sobre un montículo rodeado de estatuas de ángeles, musas y dioses, y en su centro verás que un pedestal sostiene una lámpara. Entonces sabrás que la luz de su fuego es la que buscas, pues hará que sobre el espejo se refleje lo invisible y que los símbolos, acallados por el sopor del olvido, te susurren al oído su verdad.

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