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Cielo e infierno están en todas partes, universalmente extendidos… En consecuencia, tú estás en el cielo o en el infierno… El alma tiene el cielo o el infierno dentro de sí misma.

Jacob Boehme

 

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“También el alma se mueve. Se mueve con movimiento circular cuando, entrando de nuevo en sí misma, se aparta del mundo exterior cuando reúne, unificándolas, sus potencias de intelección en una concentración que las protege de todo extravío, cuando se separa de la multiplicidad de los objetos exteriores para recogerse primero en sí misma, y, luego, habiendo alcanzado la unidad interior, habiendo unificado de forma perfectamente una la unidad de sus propias potencias, es conducida entonces a esa “Belleza y Bien” que se encuentra más allá de todo el ser, que no tiene principio y no tiene fin”.

Dionisio Areopagita, De los Nombres Divinos

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Siguió -acariciando suavemente con el dedo-, el trazado espiral de una caracola, desde el extremo exterior, lentamente, mientras su vista recorría el mismo camino.
Primero sintió una emoción intensa que pronto se desvaneció y arrastró con ella todo lo demás: cualquier atisbo de pensamiento, cualquier intención; hasta que sólo quedó el retorno sin siquiera propósito de retorno.

De mi reciente lectura del libro de Mircea Eliade Mefistófeles y el andrógino, muchos son los pasajes que me gustaría destacar. Es una obra interesantísima en la que el autor nos habla, entre otros temas, sobre las teofanías experimentadas a través de la luz en diversas tradiciones o los mitos que tratan del parentesco entre dioses y demonios y nos permiten adentrarnos -a través de la paradoja-,  en el misterio de la totalidad, la unidad fundamental que concilia todos los contrarios.
Los fragmentos que aquí transcribo pertenecen al capítulo “Consideraciones sobre el simbolismo religioso”, ya que ahonda en uno de los temas que inspiran los escritos de esta bitácora: la capacidad de los símbolos para actuar como puertas que permiten captar una realidad más allá de la experiencia de nuestros sentidos y de la actividad de la reflexión racional. El universo del espíritu se muestra a través de ellos y hasta al alma más banalizada le resulta difícil escapar a la fascinación que provocan. Sin embargo, su dimensión más profunda sólo se revelará ante cierta forma de estar en el mundo. El mundo siempre está hablándonos, queda pues en nuestras manos conseguir la perspectiva que hará comprensibles los más esenciales de sus mensajes.

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Lo que revelan los símbolos

La tarea del historiador de las religiones queda inacabada mientras no conduce a descubrir la función del simbolismo en general. Se conoce lo que el teólogo, el filósofo o el psicólogo han dicho sobre este problema. Examinaremos ahora las conclusiones a las que llega el historiador de las religiones cuando reflexiona sobre sus propios documentos.
La primera observación que extrae es que el mundo “habla” mediante símbolos, se “revela”. No se trata de un lenguaje utilitario y objetivo. El símbolo no es un calco de la realidad objetiva. “Revela” algo más profundo y más fundamental. Intentemos dilucidar los diferentes aspectos, las diferentes profundidades de esta revelación.
Primero. Los símbolos son capaces de revelar una modalidad de lo real o una estructura del mundo no evidentes en el plano de la experiencia inmediata. Pongamos un ejemplo para ilustrar el sentido en que el símbolo expresa una modalidad de lo real inaccesible a la experiencia humana: el simbolismo de las aguas, susceptible de revelar lo preformal, lo virtual, lo caótico. No se trata, claro está, de un conocimiento racional, sino de una captación de la conciencia viviente, anterior a la reflexión. A través de tales captaciones se constituye el mundo. Más tarde, elaborando sus significaciones ya comprendidas, se iniciarán las primeras reflexiones sobre el fundamento del mundo, punto de partida de todas las cosmologías y de todas las ontologías, desde los Vedas hasta los presocráticos. […]
Segundo. Para los primitivos, los símbolos son siempre religiosos, puesto que se refieren bien a algún aspecto de lo real, bien a una estructura del mundo. Ahora bien: en los niveles arcaicos de la cultura, lo real –es decir, lo poderoso, lo significativo, lo viviente- equivale a lo sagrado. Por otra parte el mundo es una creación de los dioses o de los estados sobrenaturales; desvelar una estructura del mundo equivale a revelar un secreto o una significación “cifrada” de la obra divina. A esto se debe el que los símbolos religiosos arcaicos impliquen una ontología, ontología presistemática, evidentemente, expresión de un juicio que recae a la vez sobre el mundo y sobre la existencia humana. Un juicio que no está formulado en conceptos y que tampoco se deja siempre traducir en conceptos.
Tercero. Una característica esencial del símbolo religioso es su multivalencia, su capacidad de expresar simultáneamente varias significaciones cuya solidaridad no es evidente en el plano de la experiencia inmediata. El simbolismo de la luna, por ejemplo, revela una vinculación connatural entre los ritmos lunares, el devenir temporal, las aguas, el crecimiento de las plantas, las mujeres, la muerte y la resurrección, el destino humano, el oficio de tejedor, etc. En último análisis, el simbolismo de la luna muestra una correspondencia de orden “místico” entre los diversos niveles de la realidad cósmica y ciertas modalidades de la existencia humana. Subrayaremos que esta correspondencia no se impone ni a la experiencia inmediata y espontánea ni a la reflexión crítica. Es el resultado de un cierto modo de “estar presente” en el mundo.
Cuarto. Esta capacidad del simbolismo religioso para desvelar una multitud de significaciones estructuralmente solidarias tiene una consecuencia importante: el simbolismo es susceptible de revelar una perspectiva en la cual las realidades heterogéneas se dejan articular en un conjunto o incluso se integran en un “sistema”. Dicho de otro modo: el simbolismo religioso permite al hombre descubrir una cierta unidad en el mundo y, al mismo tiempo, conocer su propio destino como parte integrante de este mundo. […] El simbolismo de la noche y de las tinieblas –que se puede discernir en los mitos cosmogónicos, en los rituales iniciáticos, en las iconografías que representan animales nocturnos subterráneos- revela la solidaridad estructural entre las tinieblas precosmogónicas y prenatales por una parte, y la muerte, el renacimiento y la iniciación por otra. Esto hace posible no sólo la comprensión de cierto modo de ser, sino también la comprensión del “lugar” de este modo de ser en la constitución del mundo y de la condición humana. El simbolismo de la noche cósmica permite al hombre conocer lo que existía antes de él y antes que el mundo, captar cómo las cosas han adquirido la existencia y dónde se “encontraban” esas cosas antes de que estuviesen allí, delante de él. Tampoco aquí hay especulación, sino captación directa de este misterio: el que las cosas han tenido un comienzo y que todo lo que precede y concierne a este comienzo tiene un valor primordial para la existencia humana. Piénsese en la enorme importancia de los ritos iniciáticos que comportan un regressus ad uterum, gracias a los cuales el hombre cree tener el poder de comenzar una nueva existencia. Recuérdense asimismo las innumerables ceremonias destinadas a reactualizar periódicamente el “caos” primordial a fin de regenerar el mundo y la sociedad humana.
Quinto. Pero quizá la función más importante del simbolismo religioso –importante, sobre todo, a causa del papel que está destinado a representar en las especulaciones filosóficas ulteriores- sea su capacidad de expresar situaciones paradójicas o ciertas estructuras de la realidad última que son imposibles de expresar de otro modo. […]
Nicolás de Cusa consideraba la coincidentia oppositorum como la definición más apropiada de la naturaleza de Dios. Ahora bien: este símbolo era ya utilizado desde hacía mucho tiempo para significar lo que nosotros llamamos “totalidad” o el “absoluto” como la coexistencia paradójica en la divinidad de principios polares y antagónicos. La conjunción de la serpiente (o de cualquier otro símbolo de las tinieblas ctónicas y de lo no manifiesto) con el águila (símbolo de la luz solar y de lo manifiesto) expresa en la iconografía y en los mitos el misterio de la totalidad o de la unidad cósmica. […] Uno de los mayores descubrimientos del espíritu humano fue espontáneamente presentido el día que, a través de ciertos símbolos religiosos, el hombre adivinó que las polaridades y los antagonismos pueden ser articulados e integrados en una unidad. A partir de ese instante, los aspectos negativos y siniestros del cosmos y de los dioses no solamente encontraron una explicación, sino que se manifestaron como parte integrante de toda realidad o sacralidad.
Sexto. Por último, es preciso subrayar el valor existencial del símbolo religioso, es decir, el hecho de que un símbolo se refiere siempre a una realidad o a una situación que compromete la existencia humana. Esta dimensión existencial es la que distingue y separa primordialmente los símbolos y los conceptos. Los símbolos se mantienen todavía en contacto con las fuentes profundas de la vida; se puede decir que expresan lo “espiritual vivido”. Tal es la razón de que los símbolos tengan una especie de aura “numinosa”: ellos ponen de manifiesto que las modalidades del espíritu son, al mismo tiempo, manifestaciones de la vida y, en consecuencia, que comprometen directamente a la existencia humana. A esto se debe que incluso los símbolos que atañen a la realidad última supongan, al mismo tiempo, revelaciones existenciales para el hombre que sabe descifrar su mensaje.
El símbolo religioso traduce una existencia humana en términos cosmológicos y recíprocamente; más precisamente: manifiesta la solidaridad entre las estructuras de la existencia humana y las estructuras cósmicas. El hombre no se siente “aislado” en el cosmos; está “abierto” a un mundo que, gracias al símbolo, se convierte en “familiar”. Por otra parte las valencias cosmológicas del simbolismo le permiten salir de la situación subjetiva y reconocer la objetividad de sus experiencias personales.
De todo esto se desprende que aquél que comprende un símbolo no sólo se “abre” hacia el mundo objetivo, sino que, al mismo tiempo, consigue salir de su situación particular y acceder a una comprensión de lo universal. Esto se aplica por el hecho de que los símbolos hacen “resplandecer” tanto la realidad inmediata como las situaciones particulares.  Cuando un árbol cualquiera encarna al árbol del mundo, o cuando la azada se asimila al falo y el trabajo agrícola al acto generador, etc., se puede decir que la realidad inmediata de estos objetos o actividades “brilla” por la fuerza de irrupción de una realidad más profunda. […]
Gracias al símbolo, la experiencia individual es “despertada” y transmutada en acto espiritual. “Vivir” un símbolo y descifrar correctamente su mensaje implica la apertura hacia el espíritu y finalmente el acceso a lo universal.” *

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* Eliade Mircea, Mefistófeles y el andrógino, Barcelona, Kairós, 2ª ed., 2008.

Busca la llave de oro; con ella abrirás la verja del jardín del misterio, la que se encuentra oculta tras la espinosa rosaleda; tendrás que adentrarte en la oscuridad, mas no temas; allí encontrarás un quiosco sobre un montículo rodeado de estatuas de ángeles, musas y dioses, y en su centro verás que un pedestal sostiene una lámpara. Entonces sabrás que la luz de su fuego es la que buscas, pues hará que sobre el espejo se refleje lo invisible y que los símbolos, acallados por el sopor del olvido, te susurren al oído su verdad.

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