La experiencia visionaria de los místicos que tiene lugar en el mundo intermediario sigue perteneciendo al dominio individual o formal y, como bien sabemos, constituye, en cierta medida, la llamada contemplación por reflejo, es decir,  la percepción aún indirecta de las realidades espirituales, para lo cual es posible la utilización de diversos soportes simbólicos, y no implica, en ningún caso, una identificación plena con el Principio. Sin embargo, tomando las palabras de René Guénon, este reflejo no se toma sino como el punto de conclusión de los rayos cuya dirección será menester seguir para remontar, a partir de ahí, hasta la fuente misma de la Luz. [Contemplación directa y contemplación por reflejo, cap. XVI de Iniciación y realización espiritual]

Para quien, llegado a este punto, la visión imaginal deja de tener sentido como tal, por haberse elevado hacia el dominio de lo supraindividual, ya no depende del Espejo de la Naturaleza, consigue elevar sus ojos directamente hacia el Sol, recibiendo el Conocimiento de forma inmediata; puede conocer y ser uno con el objeto de su conocimiento a través de la Intuición Intelectual.

Ahora, dejemos hablar a uno de los grandes representantes de la Tradición Primordial sobre el tema que aquí nos ocupa. El célebre maestro de Murcia, Ibn Arabi, nos ilustra con estas bellas y sutiles palabras que forman parte de un libro ciertamente inspirador.

El Señor alienta los esfuerzos de los místicos, quie dedican sus vidas a acercarse a Él, por medio de los llamados milagros. Les son mostrados gentes y lugares -justo ante sus ojos- que se encuentran a millas de distancia. Aún cuando están en el Oeste, ven la Meca en el Este lejano.

Muchas de estas visiones son experimentadas por aquellos que buscan conocer a su Señor, en especial si su afecto por nuestro Maestro Muhammad -que la paz y las bendiciones de Dios estén con él- los lleva a ser como él, porque entonces heredan sus cualidades y están bendecidos con el favor divino. Alabado sea Dios, que yo mismo he experimentado esto.

Estas personas de estado elevado se llaman abdal. Algunas veces, su habilidad para ver los secretos más allá del mundo visible les es quitada. Este es un signo de que han alcanzado el estado más alto al que todo ser humano puede aspirar, el estado de ser verdaderos siervos del Señor. Entonces son herederos de los profetas y no simplemente gente que conoce lo que para otros es desconocido en este mundo. Su conocimiento pertenece al reino invisible y angélico: están entre dos mundos.

Para las personas en este estado ya no existe separación o distancia entre lo visible y lo invisible, ni entre el ser exterior ni el ser interior. Los velos que escondían las cosas están todos levantados. Todo lo que queda de ellos es como un timbre en el oído. Todos los caminos que llevan a lo desconocido se abren para ellos.

Entonces, cuando la visión de esta realidad queda atrás, es como si otra cortina divina cayera sobre ellos. Pero el amoroso y generoso Señor reemplaza aquello que Él les ha quitado por una hermosa luz multicolor que Él derrama sobre una parte del mundo material y una parte del reino invisible, juntándolos a ambos, pero dejando la mayor parte de ellos escondida en la oscuridad.

[…]

El velo de la oscuridad que oculta lo desconocido contiene conocimiento infinito. Es conocimiento de la lógica divina eterna. Los hombres tratan de investigar y descubrir algunas cosas en él. Cuanto más conocen, más se dan cuenta de que no tiene fin.

El nivel más alto de conocimiento solo puede ser obtenido por medio del conocimiento extático inspirado, que abre el ojo del corazón y hace capaz al hombre de descubrir aquello que le está permitido conocer.

(Ibn Arabi, “El Divino Gobierno del Reino Humano y otros tratados”, Ed. El Sereno – Santiago Arcos editor, Buenos Aires)

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