“¡Hermanos de la verdad! Dejad vuestra piel como la serpiente suelta su camisa. Marchad como camina la hormiga sin que nadie sienta el ruido de sus pasos. Imitad al alacrán, que lleva el aguijón en la punta de su cola, pues por detrás es por donde Satanás intenta sorprender al hombre. Tomad veneno para manteneros vivos. Amad la muerte para guardar la vida. Permaneced en vela permanente, sin buscar un cobijo concreto, pues en el nido es donde más y mejor se captura a los pájaros. Si carecéis de alas, robadlas. Si es necesario, procuraos las alas con astucia, que el mejor avizor es quien tiene fuerza para emprender el vuelo. Sed como el avestruz, que engulle guijarros calientes; como los buitres, que se tragan los huesos más duros; como la salamandra, que no teme al fuego; como el murciélago, que jamás sale de día; pues sí: el murciélago resulta ser el más listo de los pájaros.
¡Hermanos de la verdad! El más valiente es el que se atreve a afrontar el mañana; el más cobarde, el que siempre anda atrasado en su perfección.”

Avicena, Risâla del pájaro

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“«Irse al bosque», «emboscarse» – lo que detrás de esas expresiones se esconde no es una actividad idílica. Antes al contrario, el lector de este escrito habrá de disponerse a emprender una excursión que da que pensar, una caminata que conducirá no sólo allende los senderos trillados, sino también allende los límites de este libro.”

Con estas palabras nos advierte Jünger al inicio de su obra La emboscadura sobre la dificultad del viaje que supone convertirse en un “emboscado”.
El emboscado es aquel que se propone reencontrar la dignidad primera del ser humano, que pretende conquistar la libertad que da acceso a una Existencia con mayúsculas, la de quien se descubre a sí mismo como reflejo de lo intemporal. Para ello constituye su morada en “el bosque”, esto es, establece sus raíces en lo eterno superando el vértigo del tiempo y el teatro de “potentes ilusiones ópticas” en que nos sumerge la historia.

“Un ser humano (…) al que se le ha comunicado aunque sólo sea un destello, aunque sólo sea un único soplo de la enorme fuerza del ser, un hombre como ése empieza a sentir que le falta algo. Esa es la condición previa para que se ponga a buscar.”

Eso que sentimos que nos falta no siempre somos capaces de expresarlo. Puede experimentarse como la separación de algo indefinido, cierta intemporalidad, cierta plenitud de la que no tenemos recuerdos precisos aunque al mismo tiempo nos parece que podríamos recordar si fuéramos capaces de rememorar desde lo más profundo de nuestro ser. El lugar buscado por aquel que siente este anhelo es llamado “bosque” por Jünger, un santuario del espíritu donde el hombre es capaz de regenerar sus fuerzas al entrar en contacto con el paisaje que alberga las fuentes de la vida.

“El mundo histórico en que nos hallamos se asemeja a una embarcación que se desplaza con un movimiento rápido y que unas veces exhibe rasgos de comodidad confortable y otras veces muestra signos de terror. Unas veces es Titanic y otras veces es Leviatán. Lo que se mueve sirve de señuelo a los ojos y por ello a los más de los pasajeros de la nave les queda oculto que ellos habitan al mismo tiempo en un mundo diferente, en el cual reina la quietud total. Es tan superior el segundo de estos reinos al primero, que parece contener a este dentro de sí como un juguete; es tan superior a él como lo es una de esas innumerables epifanías que acontecen. El segundo de esos reinos es puerto, es patria, es paz y seguridad, cosas que todos nosotros llevamos dentro. A esto es a lo que damos el nombre de “bosque”.
Travesía marítima y bosque –tal vez parezca difícil aunar en una sola imagen cosas tan dispares. Pero al mito le resulta familiar este género de contrastes- así, el Dionisio raptado por unos marineros tirrenos hizo que en torno a los remos se enroscasen pámpanos y mirto y que crecieran hasta envolver el mástil. De aquella espesura surgió luego el tigre que despedazó a los piratas.
El mito no es historia ocurrida en un tiempo anterior; es realidad intemporal que se reitera en la historia. El hecho de que nuestro siglo vuelva a encontrar sentido en los mitos es uno de los indicadores favorables. También hoy existen poderes fuertes que llevan a alta mar al ser humano, que lo conducen al interior de los desiertos y a su mundo de máscaras. Tal viaje perderá su condición amenazadora si el ser humano vuelve en sí y recuerda la fuerza divina que posee.”

”La nave significa el ser temporal; el bosque, el sobretemporal. En nuestra época que es una época nihilista, se acrecienta la ilusión óptica que parece multiplicar las cosas que se mueven, en menoscabo de las cosas que están quietas. En verdad todos los poderes técnicos que hoy están desplegándose son un brillo fugaz que viene de las cámaras que guardan los tesoros del Ser. El hombre adquirirá seguridad si logra penetrar, aunque sólo sea por unos instantes brevísimos, en tales cámaras; no sólo perderán entonces su cariz amenazador las cosas temporales, sino que producirán la impresión de estar llenas de sentido.
Emboscadura vamos a llamar a ese giro favorable; a quien lo ejecuta, emboscado.

Emboscarse es pasar a habitar un cosmos sólido y significativo. En lo eterno la vida recobra un sentido sagrado y cada acto está lleno de sentido, supone en última instancia un “misterio” y no una sucesión de acciones más o menos automatizadas avaladas por la costumbre y aprobadas por lo colectivo. Nada más alejado de la visión del bosque, nada menos humano que llegar incluso a considerar el comportamiento como una sucesión de fenómenos fisiológicos reducidos al puro mecanicismo y sus leyes, razonamiento que lleva, al final de su lógica, a privar al hombre de su voluntad. El triunfo total de la máquina.

”Desde luego hemos visto que, dada la situación a que se ha llegado, tal vez esté capacitado para irse al bosque, para la emboscadura, nada más que uno solo entre cien. Pero de lo que aquí se trata no es de relaciones numéricas. Cuando se incendia un teatro basta una cabeza clara, basta un corazón enérgico para contener el pánico de millares de personas que amenazan con aplastarse unas a otras y que se entregan a la angustia propia de animales.
Cuando aquí hablamos de la “persona singular” estamos refiriéndonos al “ser humano”, al “hombre” tal cual, pero desprovisto del regusto añadido que esa palabra ha ido adquiriendo en el transcurso de los dos últimos siglos. Estamos refiriéndonos a la persona libre, tal como fue creada por Dios. Ese hombre no representa una excepción, no es una minoría selecta. Antes al contrario, se halla oculto en el interior de todos y cada uno de nosotros; las diferencias que aquí aparecen son únicamente el resultado de la diferencia de grado en que el ser humano haya sido capaz de hacer realidad la libertad que le ha sido otorgada. Para eso es preciso prestarle ayuda, y se le ha de prestar con el pensamiento, con el conocimiento, con la amistad, con el amor.
También cabe decir que en el bosque el ser humano duerme. El orden queda restablecido en el instante mismo en que, al despertarse, repara en el poder que tiene.”

El bosque es la imagen por excelencia de la morada del misterio, un lugar ambivalente que produce serenidad pero a la vez nos llena de angustia, pues en él se oculta toda suerte de peligros. Entrar al bosque es traspasar el umbral del reino de la muerte de la que es posible retornar cambiado, es el lugar de las pruebas y de la iniciación, el escenario de innumerables leyendas, la guarida de los secretos. Es cosmos pero se mantiene cercano al caos, pues en él se encuentran las fuerzas de la regeneración, la energía primordial de la vegetación que predomina en su paisaje y que es la fuente vivificadora y renovadora del mundo.

“No es casual, desde luego, que todas esas cosas que nos mantienen sujetos a las preocupaciones temporales comiencen a diluirse con tanta fuerza así que nuestra mirada se vuelve hacia las flores y los árboles y se apodera de ella la fascinación que éstos ejercen. La botánica debería elevarse a mayor altura en esa dirección. Aquí está el jardín del Edén, aquí están las viñas, los lirios, el grano de trigo de que hablan las parábolas cristianas. Aquí está el bosque que aparece en los cuentos, un bosque poblado de lobos que devoran a los seres humanos, un bosque habitado por brujas y gigantes, pero en el que también mora el buen cazador; y aquí está el seto de rosas que rodea a la Bella Durmiente, a la sombra del cual se detiene el tiempo. Aquí están, en fin, los bosques germánicos y celtas, como el soto de Glásir, donde los héroes vencen a la muerte; y está también Getsemaní con sus olivos.
Pero también en otros lugares –en cavernas, en laberintos, en desiertos donde habita el tentador- es ese mismo misterio lo que va buscándose. Para quien adivina sus símbolos, en todas partes tiene sus residencias una vida vigorosa. Moisés golpea con su cayado la roca y de ella brota el agua de la vida. Un instante como ese es suficiente para luego milenios.
No es más que apariencia la dispersión de esas cosas en lugares lejanos y en tiempos remotos. Antes al contrario, todas ellas están latentes en cada uno de nosotros y nos han sido transmitidas como claves para que nos concibamos a nosotros mismos en nuestro poder más hondo y sobreindividual. A ese objetivo apuntan todas las doctrinas que merecen ser llamadas tales. La materia se ha compactado en muros que parecen impedir toda perspectiva; sin embargo, la abundancia se halla muy cerca, pues está viva en el ser humano como el talento de que habla la parábola, como su herencia sobretemporal.”

Nuestro mundo histórico se basa fuertemente en la idea de lo escaso. El tiempo es visto como una realidad suprema susceptible de convertirse en dinero y éste se considera el mayor dispensador de bienes. Ambos basan su valor en su escasez, en su finitud. Si esta visión hace mella en nosotros corremos el riesgo de que su lógica se extienda a nuestra concepción global del mundo, impidiendo la comprensión de que lo que realmente es esencial posee unas fuentes inagotables.
El símbolo y el mito son el legado que nos permite acercarnos a esa realidad esencial e intemporal. No son fríos conceptos ni meras narraciones fantásticas, sino que “se mantienen en contacto con las fuentes profundas de la vida” y podrán entregar sus tesoros a aquellos que decidan vivir su misterio. Vivir el bosque lleva a la victoria sobre el tiempo y con ella a la victoria sobre el miedo.

“Visto a esta luz, el bosque es la gran Casa de los Muertos, es la morada del peligro aniquilador. Tarea del director de almas es llevar a su dirigido a ese lugar para que en él pierda el miedo. El director de almas hace morir y resucitar simbólicamente allí a su dirigido. El triunfo se halla al lado mismo de la aniquilación. Cuando uno sabe eso puede elevarse por encima del poder del tiempo. El ser humano hace la experiencia de que, en el fondo, ningún daño puede causarle ese poder, más aún, de que el poder del tiempo está destinado únicamente a corroborarlo a él en su rango más alto. […] Si el ser humano penetra en los mundos rigurosos del conocimiento, se reirá del espíritu que le inspiraba angustia con quimeras e infiernos góticos.”

“Para el hombre de hoy ¿qué significado puede tener el dejarse guiar por el ejemplo de los vencedores de la muerte por el ejemplo de los dioses, de los héroes, de los sabios? El siguiente: el significado de participar en la resistencia contra el tiempo, y no sólo contra este tiempo de ahora, sino contra todo tiempo, el cual tiene su poder fundamental en el miedo. Todo miedo es en su médula miedo a la muerte, aunque se presente en una forma muy derivada. Si el ser humano logra crearse aquí un espacio, esa libertad se hará valer también en todos los otros campos en que rige el miedo. Entonces abatirá a los Gigantes cuya arma es el terror.”

Desde el materialismo que impera en nuestro tiempo se presenta la muerte como la nada absoluta y como tal no tiene forma, es imposible de confrontar. La indefensión y el miedo se extienden y en la nave se experimentan con una profunda angustia. Pero para aquel que ha hecho de su morada el bosque no existe la nada. Allí el terror podrá ser un monstruo terrible, pero a los monstruos se les puede abatir.

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Los fragmentos citados han sido extraidos de: Jünger Ernst, La emboscadura, Barcelona, Tusquets, 3ª ed., 2002.


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