Una buena narración es un portal. Nos sale al encuentro como invitación a un viaje y es capaz de transportarnos hasta el lugar donde el tiempo no existe o donde, libres, las cosas transcurren al margen de él.
Los mitos -o los cuentos en ellos inspirados-, actuan como vehículos de realidades esenciales. Como un ritual, procuran la repetición de un evento arquetípico y son claves, al igual que los símbolos, para acercarnos a todo enigma y misterio por la vía del asombro.
Al apelar directamente a la imaginación, y a condición de que involucremos los sentidos del alma, nos permiten captar la profundidad de aquello que revelan, pues acogidos por ella que es su destinataria tanto como su fuente, no sólo serán escuchados o comprendidos, sino que serán vivenciados. Tanto nos colma un cuento como capaz sea de arrebatarnos hasta su propio mundo del que, si hemos sabido ser huéspedes despiertos, retornaremos transformados. Y puede ser así porque el lugar al que pertenecen es el Mundo del Alma, el reino intermedio entre la realidad sensible e inteligible y por tanto el umbral del que parte el camino hacia el verdadero conocimiento. Así el narrador, como el oficiante de un rito, puede ser capaz de sustraerse a la dimensión mundana y conectarnos con lo eterno.
Un elocuente ejemplo de lo que es ser un gran narrador se encuentra en esta anécdota que explica Martin Buber:

“A un rabino, cuyo abuelo había sido discípulo de Baal Shem, se le pidió que contara una historia.”Una historia -dijo- se debe contar de una manera que costituya una ayuda en sí misma.” Y contó: “Mi abuelo era cojo. Una vez, le pidieron que contara una historia sobre su maestro. Y él contó cómo el santo Baal Shem acostumbraba a saltar y bailar mientras rezaba. Mi abuelo se levantó mientras hablaba, y se dejó llevar hasta tal punto por su historia que empezó a saltar y a bailar para mostrar cómo había actuado el maestro. Desde ese momento, quedó curado de su cojera. ¡Ésa es la forma de contar una historia!” (1)

Que la historia del rabino sea literalmente real o no, no es lo importante. Comprendemos que es esencialmente real pues, ¿qué herida no podría sanar al contacto con el lugar que alberga la Fuente de la eterna juventud?

Los cuentos son un legado imperecedero cuyo auténtico valor trasciende su belleza y reside en su capacidad para otorgar forma a lo invisible. Por ello el maestro sufí Rumi los compara con el agua en uno de sus poemas: un líquido intermediario capaz de trasmitir, al  sumergirnos en él, los mensajes del mismísimo fuego:

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Agua de cuentos

Un cuento es como el agua
Que te calientas para el baño.

Transmite los mensajes entre el fuego
Y tu piel. ¡Permite que se conozcan
Y te limpia!

Son muy pocos los capaces de sentarse
En medio del fuego
Como una salamandra o como Abraham.
Necesitamos de intermediarios.

Se producen sensaciones de plenitud
Pero suelen necesitar de algo de pan
Para que aparezcan.

Estamos rodeados de belleza,
Pero es frecuente que tengamos que estar paseando
Por un jardín para darnos cuenta.

El cuerpo, en sí mismo, es un pantalla
Para proteger y, en parte, revelar
La luz que resplandece
En el interior de tu presencia.

Agua, cuentos, el cuerpo,
Todas las cosas que hacemos son medios
Para ocultar y mostrar lo que está oculto.

Estúdialos
Y disfruta de este baño
De secretos que, a veces, conocemos
Y, a veces, no
. (2)

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Niña leyendo, Rosine Emmet Sherwood 1888.

Niña leyendo, Rosine Emmet Sherwood 1888.

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(1) citado en: Doniger, Wendy, Mitos de otros pueblos, Madrid, Siruela, 2005.
(2) Barks, Coleman, La esencia de Rumi, Barcelona, Ediciones Obelisco, 1ª ed., 2002.

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