Busqué, entre el carbón y los guijarros,
diamantes y esmeraldas,
zafiros y rubíes,
hasta que la noche con su manto me cubrió.
La ubicua melodía de mis sueños
volvió a resonar
y la silueta indefinida de ese cuerpo nebuloso
tendió nuevamente sus brazos.
Quise ver su rostro,
pero el resplandor acabó por cegarme.
Quise abrazarla,
pero se escabulló, airosa,
como el humo que escapó por la ventana.
¿qué tan lejos se ha ido?
En verdad, nunca se fue.
Sigue aquí, esperando, lo sé.

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