“Pero no franqueará el abismo más que aquel cuya decisión resuelta no es el señuelo de la desesperanza”

Henry Corbin

.

Penetrar en el Reino del Alma -“ver el mundo en Hurqalya“-, es devolver las cosas a su profundidad, la dimensión luminosa que recobra la realidad percibida como epifanía, orlada con la incandescencia que toma aquello que es alumbrado por la luz del paraíso. Con el oscurecimiento del mundo imaginal -con su destierro de nuestra concepción del cosmos-, el alma misma queda oscurecida, y con su velo se adormece el ímpetu de su búsqueda, la “demanda”, la quête por excelencia. Pero entregadas las llaves que permiten el acceso a este mundo, algo todavía permanece: el drama del vacío que deja su ausencia.

Entre las nieblas que enturbian el horizonte del intermudo (llamado malakût en la tradición islámica), Henry Corbin nos habla tanto de la religión entendida de forma legalista, dogmática e impregnada de racionalismo abstracto, como del agnosticismo imperante en los dictados de una sociedad que ha perdido el contacto con lo suprasensible y todo asombro por lo sagrado, vendiendo las joyas del reino a cambio de baratijas. Su búsqueda nos compete íntimamente como individualidad espiritual y la marcha a su encuentro depende de un ímpetu, una llama que arde con el fervor personal de aquel que sabe que el mundo no se agota con aquello que perciben sus sentidos.

Sobre esta tensión entre una colectividad desconocedora e incluso hostil y la llamada interna a la búsqueda -ese “deseo del paraíso” del que trató en sus ensayos Mircea Eliade-, habla un relato de Hans Schmid-Guisan rescatado por Corbin en su libro “Templo y contemplación. Ensayos sobre el Islam iranio”. Tanto el rico simbolismo del relato como las impresiones de Corbin me han parecido preñadas de la fuerza que alimenta ese fervor. Imposible sustraerse a compartirlas; aquí quedan.

.

“Para terminar, tomaré como testigo de ello uno de esos libros excepcionales que apenas aparecido parece caer en el olvido, y que sólo llegan a conocerse si algún amigo se lo pone a uno entre las manos. Se trata de una obra de Hans Schmid-Guisan, cuya traducción francesa apareció poco tiempo antes de la guerra, con el título Comme le jour et la nuit. No podemos resumirlo aquí; simplemente queremos señalar su tema conductor. Es un libro en el que de un extremo al otro sopla un espíritu con una rara capacidad para configurar símbolos. Las fuerzas antagonistas de las que hablamos se agrupan y se enfrentan bajo sus símbolos respectivos: Colectivópolis e Individua. Una isla, en alguna parte en un mar innominado, dividida en dos partes por una elevada muralla misteriosa. De un lado Colectivópolis, cuya disposición estrictamente   geométrica da una impresión de frialdad y de fuerza. Del otro, Individua, que ofrece el aspecto no tanto de un bosque virgen como de un inmenso parque abandonado, algo semejante a un bosque sagrado. Durante largo tiempo toda la isla fue gobernada simultáneamente por dos reyes, dos hermanos, tan semejantes físicamente que sus súbditos creían no servir más que a un solo y mismo rey. Luego, una revolución terrible hizo aparecer la imposibilidad del condominium. En adelante, uno de los dos hermanos reina sobre Colectivópolis, donde la vida del individuo no tiene otro fin ni razón de ser que promover el bien de la colectividad. El otro reina sobre Individua, donde, por el contrario, todo está al servicio del crecimiento del individuo. Desde ese momento también, la gran mayoría de la población vive una doble vida, dividida entre las dos provincias de la isla. En diferentes puntos de la alta muralla hay puertas secretas, provistas de pesados cerrojos que permiten pasar de una provincia a otra. Se encuentran estas puertas disimuladas detrás del altar de una capilla, en una habitación de hospital, y hasta en el gabinete de trabajo del soberano de Colectivópolis. Y es que son muy pocos los que pueden abstenerse de la doble existencia y pasar su vida solo en una mitad de la isla. Pero lo más difícil es determinar el momento en que conviene pasar de una a otra. Pues aquel que vive como hombre libre en la ciudad de Colectivópolis es esclavo en Individua. Recíprocamente, aquel que ha conquistado su libertad en el país que está más allá del muro, es reducido a la condición de esclavo en Colectivópolis.

Los gruesos trazos que yo utilizo aquí para tratar de dar una idea de un texto que no se puede resumir hablan suficientemente por sí mismos. Manifiestan no menos claramente su sentido interior, las formas simbólicas que dibujan la topografía de una y otra mitad de la isla, los seres que las pueblan o que cruzan clandestinamente de una a otra, pasando del mundo del día, el mundo de las normas de la conciencia, al mundo de la noche, aquel que los somete bajo el esfuerzo apasionado de los presentimientos del inconsciente. El narrador nos arrastra a un viaje semejante al de Dante en el curso de doce días y doce noches. No tenemos espacio para rehacer aquí con él la doble y temible excursión, ni para explicitar los símbolos que su genio le inspira. No puedo recordar más que la escena final que se desarrolla en la más alta cima de Individua, desde donde la mirada sobrevuela el conjunto de los paisajes simbólicos.

Estamos al borde del cráter de un volcán siempre en actividad; los torbellinos que el fuego interior despide impiden abarcar toda su extensión.Y sin embargo la vía de Individua va hasta allí y, a través de ese mismo lugar, hasta más lejos todavía. En las proximidades del cráter se encuentran, dispersos por el suelo, exhaustos, seres a los que ha faltado fuerza para soportar Colectivópolis, pero que no por ello han conseguido encontrar su liberación total en Individua. He aquí aparentemente un personaje resuelto que ha llegado hasta ahí; a pesar de la orden solemne cuyo clamor resuena en la bóveda rocosa se precipita en el fuego y es engullido por él. ¿Será, pues, ése el único fin reservado al supremo esfuerzo de quienes han llegado hasta la más alta cima de Individua? No. Pero no franqueará el abismo más que aquel cuya decisión resuelta no es el señuelo de la desesperanza. Y ésta es la última enseñanza del libro. De nuevo un hombre se adelanta hacia el fuego. Su patético diálogo con la voz de lo Invisible conminándole a detenerse atestigua un supremo renunciamiento y un supremo acto de amor. Mientras que el narrador, presa del vértigo, aparta los ojos, su guía dice: «¡Mira!». En efecto, el hombre no es engullido por el fuego. Su pie se ha posado sobre un puente milagroso tendido sobre las llamas». ¿Adónde lleva? El narrador no puede seguirle, pues se le dice: «Está prohibido seguir más adelante a quien como tú -y como el benevolente lector- sólo ha seguido este camino como espectador desinteresado». Pide a su guía que le diga, al menos, adónde lleva ese puente, pero sólo obtiene esta respuesta: «A un lugar donde ninguna muralla divide inexorablemente nuestra vida en dos mitades opuestas… donde, dominando luchas y conflictos, la armonía hace aflorar en los corazones una alegría pura; donde triunfando, por fin, sobre las más espesas nubes, un inmutable sol brilla misericordioso sobre justos e injustos».

Todo el significado de este libro conmovedor me parece estar en ese puente finalmente tendido sobre el abismo, y no es una casualidad que este puente despierte en nuestro pensamiento la imagen del Puente Cinvat tal como lo configura la escatología de la antigua Persia zoroastriana (…) Aquí, en efecto, ante el puente milagrosamente tendido sobre el abismo, nos es preciso preguntar una vez más: ¿sucumbirá el hombre interior ante su victoria?, ¿preferirá los múltiples disfraces del agnosticismo que finalmente le deja desarmado ante el Gran Inquisidor que tiene su sede en Colectivópolis? El «país más allá del muro», Individua, con todos los detalles de su topografía (lugares umbrosos y arroyos, oratorios y templos secretos, orillas de ríos y altas cimas, etc.) es uno de los símbolos más perfectos del inconsciente que aflora de la percepción imaginativa en un autor de nuestros días, percepción imaginativa que le hizo incluso entrever el «puente que lleva más allá». En cambio, ¿por qué es preciso que, según otros, este descubrimiento «moderno» del inconsciente (no tan «moderno» de hecho como se pretende) haya cerrado definitivamente una puerta, y haya excluido para siempre la posibilidad de que el hombre conozca una «realidad espiritual en sí»? Una afirmación agnóstica tan perentoria parece desproporcionada respecto de los medios metafísicos de que dispone, pero es que, además, su responsabilidad es infinitamente grave, pues basta para que el descubrimiento supuestamente liberador se entierre bajo su propio triunfo. Si es a este descubrimiento del inconsciente a lo que el hombre debe su potestas clavium personal, suficientemente fuerte para configurar el puente que franquea el abismo, ¿cómo pretender simultáneamente, en nombre de ese mismo descubrimiento, privar al hombre de ese poder apenas le ha sido concedido? Ahora bien, es esta frustración la que produce el agnosticismo que no se atreve a decir su nombre cuando afirma que las llaves no abren ninguna puerta, o que la puerta se abre sobre nada, o que el puente no lleva a ninguna parte … ¿O no será que lo que el descubrimiento «moderno», negándose a sí mismo, le descubre es que el hombre era ya, y desde hace tiempo, deudor de otra instancia?

Esa otra instancia es quizá lo que hemos aprendido a designar como el malakût de este mundo, un mundo espiritual a la vez invisible y concreto, poblado de formas espirituales substanciales, al mismo tiempo que se revela que el sentido de esta vida para el hombre es poder ejercer una acción configuradora sobre su propio malakût, sobre su «cuerpo de luz» (…) Es en el malakût donde se realiza la obra esencial del hombre, pues el fenómeno del mundo, tal como el hombre se lo muestra a sí mismo, depende ante todo y en última instancia de la visión que el hombre tiene de su propio malakût. No se puede actuar sobre la forma exterior que asume el fenómeno del mundo más que actuando sobre la forma interior que es el malakût. Pero la acción sobre éste sólo es posible allí donde hay afinidad de ardiente deseo (…) Por eso no puedo concluir mejor que con una frase del gran místico suabo Friedrich Oetinger, con el que nos mantenemos en la misma línea de otros espirituales evocados aquí, una frase que tiene toda la virtud de una divisa: “Dios mío, concédeme la audacia de cambiar lo que está en mi poder cambiar, y la modestia de soportar lo que no tengo capacidad de cambiar.” *

.

nemo_aronax_atlantis1

.* Corbin Henry, Templo y contemplación. Ensayos sobre el Islam iranio, Madrid, Trotta, 1ª ed., 2003.

Anuncios