La búsqueda de una rosa me llevó junto al arbusto que tan alto crece ocultando la verja del jardín. Cuando estuve frente a ella le hablé del amor y pedí que fuera mi mensajera:

-si consigues arrancarle una lágrima a mi amante has de saber que su agua procede de la Fuente: si te rozara nada podrá marchitarte ya. Deja que bañe tus pétalos y serás la imagen del ardiente deseo.

Y ella dijo:

-tu amor ya me ha quemado. Ahora mi silueta es de fuego. Sólo sus ígneas pupilas podrán contemplarme como lo que soy, pues ningún otro ojo recibirá el mensaje y comprenderá mis secretos. Y no son tales… ¡Mírame!, ¿acaso no los proclamo con fuerza suficiente? La impostura del tiempo es fácilmente desenmascarada; basta un instante para ver que el sol que me ilumina llamea desde dentro. Pero sólo lo semejante engendra lo semejante. Llévame pues contigo, ponme en su mano -concedió antes de volver a guardar silencio.

Y entonces la tomé.

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una-rosa

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