Esa tarde, como tantas otras, me senté a leer en el banco de la plaza, en mi lugar preferido, a un lado del camino que conduce al monumento central, frente a una solitaria palmera, a pocos metros de un grupo de árboles añosos, altos y solemnes, testigos discretos de los años, cómplices de milagros y leyendas olvidadas. No pude entregarme por demasiado tiempo a la lectura; luego de unas pocas páginas noté que me resultaría imposible concentrar la atención a pesar de que la gente pasara muy esporádicamente por allí. Los pensamientos revoloteaban, girando como en una danza ritual acompasados por la cálida brisa que acariciaba mi rostro. Abstraído, alcé la mirada y, de pronto, el paisaje parecía renovado, revestido de una maravillosa luminiscencia. El aroma de la hierba transportado por el aire, las hojas amarillas cayendo lentamente como suspendidas por un hilo invisible y la risa inocente de los niños jugando a lo lejos se conjugaban en un cuadro de armonía indescriptible, se despegaban del tiempo, se liberaban de las demarcaciones del espacio para confluir en un instante de eterna presencia.
La mente se aquietaba poco a poco con las difusas vibraciones de este mar de pacífica melodía y la imaginación, utilizando el sublime espectáculo como un lienzo, pintaba con mágicas pinceladas el rostro angelical de mi amada. El ardiente anhelo de unirme a ella, de sentir en mi boca la calidez de su aliento, encendió el fuego en mis ojos transfigurando lo que se mostraba ante ellos. Ella era el mundo en el que estaba atrapado a la vez que liberado. Los árboles, los pájaros que merodeaban a mi alrededor, todo, absolutamente todo, me hablaba de esa preciosa criatura que cambió mi vida por completo en un silencioso discurso de palabras infinitas. Su imagen, su deliciosa figura  de belleza inmaculada captada por los ojos del corazón, provocó el síntoma visible, la vibrante reminiscencia del guía, del alterego celeste que se presenta cuando los límites individuales son trascendidos por el amor.
Sólo unos pocos segundos bastaron para sentirme embargado por una alegría desbordante, irrefrenable, abrazado por la certeza de estar plenamente vivo.
Cuando mi cuerpo tembloroso ya no pudo soportarlo, sólo atiné a llorar.

¡Oh, amada!
caigo indefinidamente
hacia las estrellas de tu firmamento
mientras mis huesos se pulverizan
y se dispersan por el aire.

Me pierdo en el abismo de tus ojos
y en el centro de tu pecho
me vuelvo a encontrar.

Tu abrazo, tus caricias
y el dulce elixir de tus labios
abrirán de par en par
la secreta puerta de la eternidad.

Traspasado el último límite
la cuerda se tensará,
para vibrar en la sacra sinfonía
de nuestros cuerpos que se funden,

consumidos por el fuego,
vivificados por el agua,
entrelazados en la Unidad.

.

plaza

Anuncios