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Mientras sus cófrades se perdían en un interminable debate sobre fantasmagorías inocuas, comprendió que ése no era su lugar. Sin mediar palabra salió corriendo, desenfrenado, ante la mirada atónita de quienes no fueron capaces de detenerlo. Corrió, corrió dando saltos, arrancando las hojas de sus abigarrados libros y lanzándolas por el aire. Un éxtasis desbordante se apoderó de sus sentidos. Con la mirada en el piso siguió dando pasos errantes, impulsado por un calor insoportable que quemaba su pecho. Cuando al fin se detuvo, advirtió que ya no se encontraba en los alrededores de su pueblo: un paisaje de onírica majestuosidad se levantaba ante sus ojos extraviados. Delante de él había una torre que parecía haber sido abandonada hace siglos, semejante a la que una vez recorrió en un sueño de la infancia. Embargado por una penetrante melancolía cayó de rodillas, alzó la cabeza y profirió un grito hacia el firmamento.  Gimió y lloró amargamente mientras exclamaba con voz temblorosa:

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¡Oh, pobre ingenuo!
La terca vanidad,
el insustancial orgullo de un efímero saber,
la idiotez de una búsqueda sin rumbo,
apartaron mis ojos del tesoro esencial.

Apiádate de mí,
mensajera de abisal luminiscencia,
libérame de este infausto dolor.
Te he fallado al desviarme del sendero.
Olvidé mi nombre, origen y condición.
Primorosa señora, rostro de luz,
mírame a los ojos, ayúdame a recordar.

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Entonces, supo que no estaba solo: alguien lo observaba desde la ventana más elevada de la torre.
Su corazón se estremeció y se aceleró a un ritmo vertiginoso al ver una figura blanquecina que brillaba con un hipnótico fulgor asomarse lentamente.
Aturdido por el desconcertante silencio del sitio, comenzó a percibir el suave murmullo de una dulce voz, una sutil melodía que lo invitaba a danzar. Después de unos segundos, el silencio volvió a reinar. Trató de serenarse y sin apartar la mirada de aquella ventana, pudo escucharla de nuevo. Era la voz de una joven mujer que le resultaba extrañamente familiar, una voz que venía de todos y de ningún lugar:

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Sube hasta la cima,
príncipe en el exilio,
mis brazos te esperan en lo alto de la torre.
Desnuda la mirada,
funde tus ojos con el indefinido universo.
despliega tus atrofiadas alas
y arrójate de una vez.
La inasible noche te espera,
densa oscuridad que engendra las estrellas.
Descorre el último velo,
haz que la muralla de la esferas desvanezca
y ya no habrá cima,
no habrá piedras,
torre, forma ni lugar.
Todo se replegará en el centro,
en un punto,
en la secreta caverna de tu corazón.
Allí me encontrarás,
eterno jardín donde los opuestos copulan:
máxima altura, divina profundidad.

Acércate,
acércate mas no temas,
en mí reposa tu parte olvidada.
Recupera lo que nunca perdiste,
embriagáte con el néctar de la Unión.
El amor te devela su misterio:
la eternidad nos aguarda, silenciosa,
rodeando con su fuego la cámara nupcial.

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Torre

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Te supiste perdido, joven eterno,

y buscaste el corazón del bosque.

Hendiste el vientre del mundo, dragón aletargado,

y su sangre bendita brotó incandescente.

Escuchaste la voz que dice: “alúmbrame en ti,

yo ilumino tu nombre en la piedra”.

He aquí el pacto celeste, ahora es siempre.

Sin tu paso los puentes se quiebran.

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Meister_der_Manessischen

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Busca la llave de oro; con ella abrirás la verja del jardín del misterio, la que se encuentra oculta tras la espinosa rosaleda; tendrás que adentrarte en la oscuridad, mas no temas; allí encontrarás un quiosco sobre un montículo rodeado de estatuas de ángeles, musas y dioses, y en su centro verás que un pedestal sostiene una lámpara. Entonces sabrás que la luz de su fuego es la que buscas, pues hará que sobre el espejo se refleje lo invisible y que los símbolos, acallados por el sopor del olvido, te susurren al oído su verdad.

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