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La serpiente vino a visitarme surgiendo de la espuma del mar, como cada alba que pueda recordar desde el día del naufragio. Con ella llegan las ropas que visto, los frutos para mi sustento o incluso, algunas veces, cosas caprichosas, como aquella cítara o el arcón forrado en seda que guardaba una jaula dorada. Y mientras se aleja tras dejar su regalo en la orilla, escucho su siseo recordarme este turbio mensaje:

tus huesos serán lodo de mis fondos; el resto de ti se perderá en mis aguas.

Pero su mirada esconde que hay un navío que surca éste y otro océano; ninguna tormenta puede hundirlo ni hay corriente capaz de extraviarlo; se salvará de mí aquello que sea digno de embarcar en esa nave y en su casco hay grabado un nombre que pronto averiguaré. Vi la otra noche brillar sus blancas velas a la luz de la luna.

“¿Será que las imágenes del mundo nos tienden un lazo maligno? De ningún modo, puesto que ya consideramos la belleza de la criatura como el esplendor de una verdad cuyo dominio implica un bien. Y volverás a preguntarme: ¿qué verdad y qué bien nos propone la criatura? Elbiamor, los maestros antiguos enseñaban que no es dado al hombre conocer en este mundo a la Divinidad, como no sea en enigmas y a través de un velo. Y tal es el saber que nos propone la natura creada, la cual, según dice Jámblico, expresa lo invisible con formas visibles y en modo simbólico. Dionisio enseña que el alma, por su moción directa, se vuelve a las cosas exteriores “y las utiliza como símbolos compuestos y numerosos, a fin de remontarse por ellas a la contemplación de la Unidad”. Y San Pablo afirma de algunos hombres que su incredulidad es inexcusable, puesto que “las cosas de El invisibles se ven desde la creación del mundo, considerándolas por las obras creadas: aún Su virtud eterna y Su divinidad”.

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De todo lo cual se infiere que las criaturas nos proponen una meditación amorosa y no un amor. ¿Una meditación amorosa de qué? De las imágenes y símbolos a que fielmente se reducen todas las criaturas, si las miramos en sus caras inteligibles. ¿Y cuál es el objeto de tal meditación? El de ir conociendo lo invisible por lo visible; el de ir atisbando el rostro de la Divinidad a través de las imágenes y símbolos que la revelan y esconden a la vez; el de remontarse a la contemplación de la Unidad creadora y eterna, por la escala de lo múltiple, creado y perecedero.”

Leopoldo Marechal, Descenso y ascenso del alma por la belleza.

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Busca la llave de oro; con ella abrirás la verja del jardín del misterio, la que se encuentra oculta tras la espinosa rosaleda; tendrás que adentrarte en la oscuridad, mas no temas; allí encontrarás un quiosco sobre un montículo rodeado de estatuas de ángeles, musas y dioses, y en su centro verás que un pedestal sostiene una lámpara. Entonces sabrás que la luz de su fuego es la que buscas, pues hará que sobre el espejo se refleje lo invisible y que los símbolos, acallados por el sopor del olvido, te susurren al oído su verdad.

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