La serpiente vino a visitarme surgiendo de la espuma del mar, como cada alba que pueda recordar desde el día del naufragio. Con ella llegan las ropas que visto, los frutos para mi sustento o incluso, algunas veces, cosas caprichosas, como aquella cítara o el arcón forrado en seda que guardaba una jaula dorada. Y mientras se aleja tras dejar su regalo en la orilla, escucho su siseo recordarme este turbio mensaje:

tus huesos serán lodo de mis fondos; el resto de ti se perderá en mis aguas.

Pero su mirada esconde que hay un navío que surca éste y otro océano; ninguna tormenta puede hundirlo ni hay corriente capaz de extraviarlo; se salvará de mí aquello que sea digno de embarcar en esa nave y en su casco hay grabado un nombre que pronto averiguaré. Vi la otra noche brillar sus blancas velas a la luz de la luna.

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