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“Aquí hay dragones”, dicen los mapas, y el hombre sencillo entiende que ha llegado al punto que no debe cruzar o jamás retornará. Pero el héroe sonríe, pues si esa es la morada del dragón, más allá de ella será, precisamente, donde encuentre su destino.

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rosa-de-los-vientos

“Desde antes que existieran los mundos y el devenir de los mundos, el Ser divino es el amor, el amante y el amado”.

Rûzbehân Baqlî de Shîrâz

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Cuenta Andrés Guijarro en la introducción a la obra “Destellos de la divinidad” del maestro sufí persa Fakhr-Al-Dîn ‘Irâqî (1213-1289), cómo el shaykh escribió este libro en veintiocho capítulos -que llamó “destellos”-, inspirado por las enseñanzas que recibió de la obra de Ibn ‘Arabî titulada “Los engarces de las sabidurías”. Los engarces, considerado un compendio de la doctrina esotérica del “mayor de los maestros”, le fue entregado a Ibn ‘Arabî por el propio profeta Muhammad en un sueño. En aquella visión el enviado de Dios le dijo: “Este es el libro de los engarces de las sabidurías; tómalo y manifiéstalo a los hombres, para que puedan sacar provecho de él”. (1) Así lo hizo, y parte del provecho que extrajo ‘Irâqî, lo legó a su vez en sus “Destellos de la divinidad”. Cuando hubo acabado su obra (se dice que al finalizar cada sesión de lectura de los engarces, ‘Iraqî componía un capítulo de su libro), se lo entregó a su maestro y éste “lo leyó, besó el libro y lo colocó contra sus ojos, como se hace en el islam con los textos sagrados, y exclamó: ¡’Irâqî, has publicado el secreto de las palabras de los hombres! ¡Las Lamâ’ât (destellos) son, en verdad, la esencia de las Fusûs (engarces)”. (2)

A su muerte, ‘Irâqî fue enterrado junto a la tumba de Ibn ‘Arabî, de forma que se dice que cuando los peregrinos las visitaban, deteniéndose frente el sepulcro de Ibn ‘Arabî decían:

“Este es el océano de los árabes.

Y ante el de ‘Irâqî a su lado:

Este es el océano de los persas”. (2)

El capítulo transcrito a continuación es la segunda de las esencias destiladas por ‘Irâqî. Sepamos sacar de ella todo el provecho o no, la claridad y belleza de sus palabras son como ese bálsamo, “una de cuyas gotas, colocada en el hueco de tu mano puesta al Sol, la traspasa”. (3)

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Destello II

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El rey Amor deseó instalar su tienda en el desierto, abrir la puerta de su almacén y esparcir los tesoros por el mundo.

Entonces alzó Su parasol,

enarboló Sus banderas

para mezclar el Ser y la nada.

¡Ah, el movimiento del Amor que embelesa

ha convertido el mundo en un caos!

Pero si no hubiera sido así, el mundo habría permanecido en un estado de sueño, en reposo con la existencia y la no existencia, descansando en el Recinto de la Visión donde “Dios era y no había nada con Él”.

En aquellos días,

antes de que aparecieran los dos mundos,

sin ningún “otro” aún impreso

en la Tabla de la Existencia,

yo, el Amado y el Amor

vivíamos juntos, en un rincón

de una celda deshabitada.

Pero, de pronto, el Inquieto Amor arrancó la cortina que ocultaba la escena, para mostrar Su perfección como “el Amado” antes de la entidad de mundo.

Y cuando su rayo de amorosidad apareció,

súbitamente el mundo apareció en la existencia,

súbitamente el mundo pidió prestado

de la Belleza del Amor, vio la amorosidad Su rostro

y, súbitamente, enloqueció.

Pidió prestado azúcar de los labios del Amor

y, saboreándolos, empezó a hablar.

Se necesita Tu Luz para verTe.

El esplendor de la Belleza entregó a la entidad del amante una luz con la que se puede ver esa misma Belleza, pues sólo a través de Ella, puede Ella ser percibida. O, como dicen los árabes, “los que cargan con sus pertenencias son sus propios caballos”.

Cuando el amante alcanzó el gozo de su Contemplación degustó el sabor de la existencia. Escuchó la orden susurrada –“Sé”- y, bailando a la puerta de la taberna del Amor, exclamó:

¡Oh escanciador, llena una copa

con ese vino:

mi corazón, mi religión,

mi dulce vida.

¿Podría el beber ser mi liturgia?

Mi fe sería entonces

beberme a sorbos al Amado

en este cáliz.

Entonces, en un instante, el escanciador vertió tanto vino de Existencia en la copa de la Nada

que a causa de la pureza del vino

y de la claridad del cristal

el color del cristal y del vino se confundieron.

Todo es cristal… o no, todo es vino.

Todo es vino… o no, todo es cristal.

Cuando el cielo se tiñe con los colores del sol,

el cielo aparta de un golpe mantas y sábanas,

sombras de la nada. Día y noche

hacen las paces:

así fueron ordenados los asuntos del mundo.

La mañana de la manifestación suspiró, la brisa de la Gracia dulcemente aspirada, se agitaron las olas sobre el mar de la Generosidad. Las nubes de la Divina Efusión arrojaron la lluvia de “Él roció la creación con Su Luz” sobre la tierra de la perfecta disposición. Tanta fue la lluvia que la tierra brilló con la Luz de su Señor (Cor. XXXIX, 69). El amado, entonces, se sació con el agua de la vida, se despertó del sueño de la no existencia, se cubrió con la capa del ser y rodeó su frente con el turbante de la contemplación. Se ciñó el cinturón del deseo alrededor de la cintura y entró con el pie de la sinceridad en el camino de la Búsqueda.

Vino desde la teoría hasta la realidad,

desde los rumores hasta el abrazo.

(Sana’î)

En cuanto abrió los ojos, su vista se posó en el Amado, y dijo:

“Nunca he visto nada sin haber visto a Dios antes de esa cosa”.

Se miró a sí mismo, encontró que él no era sino Él y exclamó:

Sólo la Realidad mira a través de mis ojos.

¡Maravilloso asunto en verdad!

Si me he convertido en el Amado,

¿quién es entonces el amante?

El amante es el Amado, puesto que no posee existencia por sí mismo para ser “el amante”. La realidad es que él aún duerme en su primitiva no-existencia, del mismo modo que el Amado permanece siempre en Su Eternidad: “Y Él es ahora como siempre fue”.

Amado, Amor y amante, tres en uno.

No hay aquí lugar para la Unión.

Así pues, ¿qué sentido tiene hablar de “separación”?

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(1) Ibn ‘Arabî, Los engarces de las sabidurías, Madrid, Editorial Edaf, 2009. Traducción, edición y notas de Andrés Guijarro.

(2) Fakhr-Al-Dîn ‘Irâqî, Destellos de la divinidad, Madrid, Editorial Edaf, 1ª ed., 2008. Traducción, edición y notas de Andrés Guijarro.

(3) Sîhaboddîn Yahyâ Sohravardî, El encuentro con el ángel. Tres relatos visionarios comentados y anotados por Henry Corbin, Madrid, Editorial Trotta, 1º ed., 2002. Traducción e introducción de Agustín López Tobajas.

“¡Pobres de los que viajáis solos…!

Tú que conoces todos los signos,

Tú que has recorrido todos los caminos,

No te vayas sin mí.”

Mawlânâ Yalâl al-Dîn Rûmî

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Descabalgué ante un precipicio al ver truncada mi ruta.

Más allá niebla, más allá nada; agotados los caminos.

Y allí me detuve, abatido, tras haber creído superado todo obstáculo o peligro.

-¡Apártate de tu vista! -oí entonces -, te haces sombra a ti mismo;

a contraluz no se lee el mapa que conduce a tu destino.

-¿Quién eres tú que crees conocer la magnitud de mi anhelo mejor que yo?

pregunté a aquel extranjero.

Te ocultaste a mi mirada– sentenció- pero soy la verdad que hay en ti

enviada al mundo a recuperarla.

Creíste en la existencia del castillo aunque no pudieras verlo

y ahora que estás aquí, ¿te detendrás ante sus puertas?

¡Mira mejor!, ¿no puedes verlas?

Escúchame, esto es lo que te pido:

donde ayer creíste que sólo había un foso

es hora de contemplar el puente levadizo.

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¡Oh, heraldo del rey que partiste de tu hogar en aquel día!,

dime pues: ¿qué otro mensaje crees que llevarías?

Busca la llave de oro; con ella abrirás la verja del jardín del misterio, la que se encuentra oculta tras la espinosa rosaleda; tendrás que adentrarte en la oscuridad, mas no temas; allí encontrarás un quiosco sobre un montículo rodeado de estatuas de ángeles, musas y dioses, y en su centro verás que un pedestal sostiene una lámpara. Entonces sabrás que la luz de su fuego es la que buscas, pues hará que sobre el espejo se refleje lo invisible y que los símbolos, acallados por el sopor del olvido, te susurren al oído su verdad.

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