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“¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?”

Jorge Luis Borges

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vision de los tronos - giotto

Visión de los Tronos, Giotto di Bondone, 1290-1300

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“El Cielo está en todas partes, en todo el mundo, y también en todo lo que está fuera del mundo, incluso en cualquier parte que esté o que pueda estar por mucho que imagines. Lo ocupa todo. Está dentro de todo. Está fuera de todo. Lo abarca todo. Sin división. Sin lugar. Operando por una manifestación divina, fluyendo más allá del universo pero sin moverse lo más mínimo fuera de sí.  Pues opera sólo en sí mismo y se revela siendo uno, indivisible en todo. Aparece solamente a través de la manifestación de Dios y nunca sino en sí mismo, y en aquel ser que proviene de Él, o aquello en lo que Él está manifiesto, ahí está Dios manifiesto. Porque el Cielo no es nada más que la manifestación o revelación del Uno eterno, en el que toda la operación y la voluntad está en un amor sosegado.

De la misma forma también el Infierno está en todas partes de todo el mundo, y no mora y trabaja sino en sí mismo, y en aquello en lo que el fundamento del Infierno está manifiesto, a saber, en el propio hacer de uno, y en la falsa voluntad. El mundo visible tiene a los dos en sí, y no hay lugar en el que el Cielo y el Infierno no puedan ser encontrados o en los que sean revelados”

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Jacob Böehme, Tratado sobre el Cielo y el Infierno. Editorial Indigo, 1º ed., 2003.

Treinta años preparándose para ese momento. Y finalmente el momento había llegado.

Desde pequeño, Pagubas, el hijo mayor del Rey, había sido separado de sus padres para caer bajo la tutela de los monjes guerreros del país. Jamás volvió a encontrarse con sus padres. Sólo tenía una misión, y todo el entrenamiento apuntaba al éxito de esa misión. Años completos de lecturas, lecciones teóricas, pruebas graduadas desde las más simples a las más complejas y arriesgadas. Y superó con creces las expectativas de sus tutores. Era el más amado y temido del país, y las leyendas acerca de su fuerza las sembraba Fama a los cuatro vientos.

Pero ahora había llegado el momento.

No había miedo en sus ojos, porque desconocía el miedo. Sólo tenía una misión que cumplir, y en esa misión no había lugar para el miedo. Cualquier sentimiento era inútil, porque no se trataba de sentimientos, sino de la verdad. Y él sabía que la verdad era suya.

Entró en la gruta con aire aguerrido, mientras los monjes lo observaban desde el valle cercano, sin atreverse a aproximarse.  Pagubas no era el primero en intentar la gran prueba, pero él no lo sabía. Tampoco le importaba. Para él sólo existía una sola cosa, y todo lo demás era contingente. Incluso el aire cada vez más hediondo parecía no impedirle su avance.

A medida que avanzaba, la oscuridad era mayor. Se adentraba en la montaña sagrada, donde ni siquiera los monjes guerreros se atrevían a meterse.

Aguardó a que se le acostumbraran los ojos a la oscuridad, pero aún así no vio nada, y continuó caminando, empuñando la espada, sin importarle que sus sandalias pisaran, patearan osamentas mohosas.

Hasta que llegó el momento. Un resplandor verdoso se adivinaba en un recodo de la gruta. Caminó unos pasos más.

Y entonces la vió.

Con la ajustada venda cubriendo mis ojos,

me dejé conducir por la mano del anciano.

Atravesamos la foresta desolada

por extraños y enredados senderos.

Llegamos así hasta una vieja cabaña

cuya existencia nadie más conocía.

Me encerró en una pequeña habitación,

iluminada por dos enormes velas.

Me invitó a sentarme, retiró la venda

y con su voz desgastada comenzó a interrogar:

– ¿Qué es lo que tienes delante de tus ojos?

– Un espejo– me apuré a responder-

un límpido espejo en el que veo mi rostro.

Prosiguió, con tono severo:

– ¿De qué te ha servido, entonces, derrotar al dragón?

y cubrió nuevamente mi vista.

Pasaron cinco frías y silentes horas,

apagó una de las velas,

y, desvendándome, volvió a preguntar:

– ¿Qué es lo que tienes delante de tus ojos?

Esta vez, el miedo estremeció mi cuerpo;

tartamudeando, tímidamente,

apenas atiné a murmurar:

– Es mi peor enemigo,

perverso y pestilente demonio,

que jamás pudo ser aniquilado

– ¿No ha corrido demasiada sangre ya,

por el filo mortal de tu espada?

dijo, antes de volver a privarme

del más preciado de los sentidos.

Largas y frías horas volvieron a pasar

-unas siete, tal vez-

y mi tacaño anfitrión,

sólo una amarga bebida cedió

para calmar mi sed desesperada.

Apagó la segunda vela,

liberó mi vista y repitió el conocido ritual:

– ¿Qué es lo que tienes delante de tus ojos?

¡Maravilloso prodigio!

Extasiado, cegado por una luz

que resplandecía en esa triste oscuridad,

no pude contener la emoción;

lágrimas candentes recorrieron mis mejillas

y sólo una respuesta fui capaz de entregar:

– ¡Es Ella! ¡es el fulgurante rostro de mi Amada,

delicada criatura de belleza sin igual!

El viejo se alejó, titubeante,

y pronunció estas pocas palabras,

antes de que lo viera por última vez:

– Suficiente, hijo mío, suficiente,

las puertas están abiertas

y no necesitas encender el candil,

sigue adelante,

ya no tienes nada que hacer por aquí.

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Busca la llave de oro; con ella abrirás la verja del jardín del misterio, la que se encuentra oculta tras la espinosa rosaleda; tendrás que adentrarte en la oscuridad, mas no temas; allí encontrarás un quiosco sobre un montículo rodeado de estatuas de ángeles, musas y dioses, y en su centro verás que un pedestal sostiene una lámpara. Entonces sabrás que la luz de su fuego es la que buscas, pues hará que sobre el espejo se refleje lo invisible y que los símbolos, acallados por el sopor del olvido, te susurren al oído su verdad.

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