Con la ajustada venda cubriendo mis ojos,

me dejé conducir por la mano del anciano.

Atravesamos la foresta desolada

por extraños y enredados senderos.

Llegamos así hasta una vieja cabaña

cuya existencia nadie más conocía.

Me encerró en una pequeña habitación,

iluminada por dos enormes velas.

Me invitó a sentarme, retiró la venda

y con su voz desgastada comenzó a interrogar:

– ¿Qué es lo que tienes delante de tus ojos?

– Un espejo– me apuré a responder-

un límpido espejo en el que veo mi rostro.

Prosiguió, con tono severo:

– ¿De qué te ha servido, entonces, derrotar al dragón?

y cubrió nuevamente mi vista.

Pasaron cinco frías y silentes horas,

apagó una de las velas,

y, desvendándome, volvió a preguntar:

– ¿Qué es lo que tienes delante de tus ojos?

Esta vez, el miedo estremeció mi cuerpo;

tartamudeando, tímidamente,

apenas atiné a murmurar:

– Es mi peor enemigo,

perverso y pestilente demonio,

que jamás pudo ser aniquilado

– ¿No ha corrido demasiada sangre ya,

por el filo mortal de tu espada?

dijo, antes de volver a privarme

del más preciado de los sentidos.

Largas y frías horas volvieron a pasar

-unas siete, tal vez-

y mi tacaño anfitrión,

sólo una amarga bebida cedió

para calmar mi sed desesperada.

Apagó la segunda vela,

liberó mi vista y repitió el conocido ritual:

– ¿Qué es lo que tienes delante de tus ojos?

¡Maravilloso prodigio!

Extasiado, cegado por una luz

que resplandecía en esa triste oscuridad,

no pude contener la emoción;

lágrimas candentes recorrieron mis mejillas

y sólo una respuesta fui capaz de entregar:

– ¡Es Ella! ¡es el fulgurante rostro de mi Amada,

delicada criatura de belleza sin igual!

El viejo se alejó, titubeante,

y pronunció estas pocas palabras,

antes de que lo viera por última vez:

– Suficiente, hijo mío, suficiente,

las puertas están abiertas

y no necesitas encender el candil,

sigue adelante,

ya no tienes nada que hacer por aquí.

.

Anuncios