Treinta años preparándose para ese momento. Y finalmente el momento había llegado.

Desde pequeño, Pagubas, el hijo mayor del Rey, había sido separado de sus padres para caer bajo la tutela de los monjes guerreros del país. Jamás volvió a encontrarse con sus padres. Sólo tenía una misión, y todo el entrenamiento apuntaba al éxito de esa misión. Años completos de lecturas, lecciones teóricas, pruebas graduadas desde las más simples a las más complejas y arriesgadas. Y superó con creces las expectativas de sus tutores. Era el más amado y temido del país, y las leyendas acerca de su fuerza las sembraba Fama a los cuatro vientos.

Pero ahora había llegado el momento.

No había miedo en sus ojos, porque desconocía el miedo. Sólo tenía una misión que cumplir, y en esa misión no había lugar para el miedo. Cualquier sentimiento era inútil, porque no se trataba de sentimientos, sino de la verdad. Y él sabía que la verdad era suya.

Entró en la gruta con aire aguerrido, mientras los monjes lo observaban desde el valle cercano, sin atreverse a aproximarse.  Pagubas no era el primero en intentar la gran prueba, pero él no lo sabía. Tampoco le importaba. Para él sólo existía una sola cosa, y todo lo demás era contingente. Incluso el aire cada vez más hediondo parecía no impedirle su avance.

A medida que avanzaba, la oscuridad era mayor. Se adentraba en la montaña sagrada, donde ni siquiera los monjes guerreros se atrevían a meterse.

Aguardó a que se le acostumbraran los ojos a la oscuridad, pero aún así no vio nada, y continuó caminando, empuñando la espada, sin importarle que sus sandalias pisaran, patearan osamentas mohosas.

Hasta que llegó el momento. Un resplandor verdoso se adivinaba en un recodo de la gruta. Caminó unos pasos más.

Y entonces la vió.

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