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Escucha atentamente, viajero en el exilio, el fragmentario mensaje que nos llega desde el Centro del Mundo. Deja de buscar, por  senderos de piedra, aquello que no puede ser hallado en esta tierra.  La dirección de tu destino, no es diferente a la del Origen; entonces regresa, ¡regresa a las luminosas profundidades que te vieron partir!

Concéntrate, dirige tu intención con rectitud y repliégate sobre ti mismo para oír las eternales melodías del templo subterráneo. El canto de las musas y la cítara de Apolo habrán de conducirte hasta el objeto de tu búsqueda. Cuando por fin encuentres el altar consagrado, arrodíllate ante la venerable Hestia, ríndele culto, ofrece tu propia vida como sacrificio, y ella, benevolente, avivará las llamas del fuego inextinguible que duerme en tu corazón.

Y aprenderás, junto a los inmortales, la danza secreta por la que el mundo se vuelve incandescente.

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“Cantaremos a Hestia, señora, santa entre los santos, que, guardando siempre el Olimpo y el antro de la tierra situado junto al ombligo del mundo y el laurel pítico, danzas en el templo de altas puertas de Febo disfrutando de los oráculos de los trípodes y de la áurea cítara de Apolo cuando, haciendo resonar sus siete tonos, celebra en unión de ti a los dioses con sus cantos mientras participan del festejo. Salud, hija de Crono y de Rea, la sola que das el rito del fuego a los altares llenos de honor de los inmortales, oh Hestia, y danos a cambio que, llenos de felicidad por las sagradas ceremonias, dancemos siempre en torno de tu altar de tronos esplendentes.”

(Peán délfico de Aristónoo de Corinto a Hestia, “Lírica Griega Arcaica (Poemas corales y monódicos, 700-300 a. C.)”, Ed. Gredos, Madrid, 2001)

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Escucha atentamente, príncipe en el exilio, las palabras que te han sido enviadas desde el Centro del

Mundo. Deja de buscar, por  senderos de piedra, aquello que no puede ser hallado en esta tierra.  Ya

sabes que la dirección de tu destino, no es diferente a la del origen. Regresa, ¡regresa a las luminosas

profundidades que te vieron partir!

Concéntrate, dirige tu intención hacia lo alto y repliégate sobre ti mismo para oír las eternales melodías del

templo subterráneo. El canto de las musas y la cítara de Apolo habrán de conducirte hasta el objeto de tu

búsqueda. Cuando encuentres el altar consagrado, arrodíllate ante la venerable Hestia, ríndele culto, ofrece

tu propia vida como sacrificio, y ella avivará llas llamas del fuego inextinguible que habita en tu corazón.

Aprenderás, junto a los inmortales, la danza por la que el mundo se vuelve incandescente.

Cantaremos a Hestia, señora, santa entre los santos, que, guardando siempre el Olimpo y el antro de la

tierra situado junto al ombligo del mundo y el laurel pítico, danzas en el templo de altas puertas de Febo

disfrutando de los oráculos de los trípodes y de la áurea cítara de Apolo cuando, haciendo resonar sus

siete tonos, celebra en unión de ti a los dioses con sus cantos mientras participan del festejo. Salud, hija

de Crono y de Rea, la sola que das el rito del fuego a los altares llenos de honor de los inortales, oh

Hestia, y danos a cambio que, llenos de felicidad por las sagradas cermonias, dancemos siempre en torno

de tu altar de tronos esplendentes.

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¿Por qué un estilo de música que se supone tan pesado como el metal no podría confundirse con la sutil ligereza de la poesía?

El verdadero arte no sabe de estilos, porque, haciendo coincidir opuestos aparentemente irreconciliables, puede transportarnos más allá de todos los sistemas y convenciones.

Ni la música ni la poesía, cuando son lo que deben ser, dependen de condiciones históricas ni de tendencias culturales, pues su esencia bebe de la misma fuente de la que nace el tiempo.

Como muestra de esto, tenemos aquí el clásico poema de Samuel Taylor Coleridge, “La canción del viejo marinero”, una historia de exilio y retorno, de muerte y resurrección, magníficamente adaptado y musicalizado por la banda inglesa Iron Maiden, con un potente sonido destinado a convertir esta canción en un clásico moderno.

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Parte I

Parte II

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La versión original y completa del poema (traducida al español) puede leerse en este enlace.

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The Rime Of The Ancient Mariner, Gustave Doré

“Madrugó el amigo e iba buscando a su Amado y encontró gente que iba por los caminos y les preguntó si habían visto a su Amado. Y respondiéronle diciendo: ‘¿Cuándo fue la hora en que tu Amado estuvo ausente de tus mentales ojos?’ Respondió el amigo: ‘Después que vi a mi Amado en mis pensamientos nunca jamás estuvo ausente de mis ojos corporales, porque todas las cosas visibles me representan a mi Amado.”

Ramon Llull, El libro del amigo y del Amado.

Busca la llave de oro; con ella abrirás la verja del jardín del misterio, la que se encuentra oculta tras la espinosa rosaleda; tendrás que adentrarte en la oscuridad, mas no temas; allí encontrarás un quiosco sobre un montículo rodeado de estatuas de ángeles, musas y dioses, y en su centro verás que un pedestal sostiene una lámpara. Entonces sabrás que la luz de su fuego es la que buscas, pues hará que sobre el espejo se refleje lo invisible y que los símbolos, acallados por el sopor del olvido, te susurren al oído su verdad.

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