“No solo el hombre, debido a que sus facultades estaban mucho menos estrechamente limitadas, no veía el mundo con los mismos ojos que hoy día, y percibía de él muchas cosas que se le escapan ahora enteramente; sino que, correlativamente, el mundo mismo, en tanto que conjunto cósmico, era verdaderamente diferente cualitativamente, porque posibilidades de otro orden se reflejaban en el dominio corporal y le «transfiguraban» en cierto modo; y es así como, cuando algunas «leyendas» dicen por ejemplo que hubo un tiempo en el que las piedras preciosas eran tan comunes como lo son ahora los guijarros más groseros, eso no debe tomarse quizás solo en un sentido completamente simbólico.”

(René Guénon, El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos)

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“Tenemos que aceptar nuestra existencia tan ampliamente como sea posible. Todo, aun lo insólito, debe ser posible en ella.  El único valor que fundamentalmente se nos exige es el de ser animosos ante lo más inverosímil, prodigioso e inexplicable que pueda sucedernos. Que los hombres hayan sido pusilánimes en este sentido, le ha hecho infinito daño a la vida; los sucesos denominados “fenómenos”, la totalidad del llamado “mundo sobrenatural”, la muerte, todas estas cosas tan cercanas, han sido tan reprimidas y alejadas de la vida, al rechazárselas cotidianamente, que los sentidos con que podríamos aprehenderlas se han atrofiado”

(Rainer Maria Rilke, Cartas a un joven poeta)

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