Había un hombre que vivía en las montañas. No sabía nada de los que vivían en la ciudad. Sembraba trigo y comía el grano crudo.

Un día fue a la ciudad. Le dieron pan bueno. Dijo: “¿Para qué sirve?”. Le respondieron: “¡Es pan para comer!”. Lo comió y le agradó su sabor. Dijo: “¿De qué está hecho?”. Le respondieron: “De trigo”.

Más tarde le ofrecieron pastas amasadas con aceite. Las probó y dijo: “¿Y esto de qué está hecho?”. “De trigo”, respondieron.

Finalmente le ofrecieron unos excelentes pasteles a base de aceite y miel. Dijo: “¿Y de qué se hace esto?”. Los otros respondieron: “De trigo”. Él respondió: “Yo soy quien domina todo esto, pues como su esencia, ¡el trigo!”.

Por razón de tal perspectiva, no conocía nada de los deleites del mundo; no existían para él. Lo mismo le ocurre a quien capta el principio y no conoce las delicias que se derivan del principio, que divergen de éste.

Zohar 2:176 a-b

(extraido de: Daniel C. Matt, La cabala esencial, Barcelona, Robinbook, 1997)

 

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