Este relato persigue la estela de otra flecha…

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Targitao era, según se contaba, el mejor arquero del que se tuviera memoria y sin duda el más hábil de entre los jinetes del rey Idanthyrsus. Había alcanzado la gloria en la guerra contra Darío, rey de los persas, y se decía que no existía pieza que no fuera capaz de abatir disparando tan sólo una de sus flechas. Por todo ello fue el elegido del rey para dar caza y entregarle la cabeza de un demonio.

Las gentes contaban que ese mal diezmaba los rebaños, enfermaba a los caballos y se había atrevido a mancillar los túmulos de los ancestros. Tras escuchar la narración de aquellos que habían visto su pérfida sombra y comprobar los estragos de que era capaz, Targitao aceptó acabar con él. “Lo haré ahora, en este mismo instante” fueron su palabras, pero le pidió al rey que confiara en su habilidad y que, en cuanto hubiera disparado su flecha, le entregara diez caballos y le dejara marchar. El rey juró, sobre el fuego de la diosa Tabiti, que así lo haría, creyendo sin titubear en la destreza inigualable y la palabra del arquero.
Dicho esto Targitao salió de la casa de Idanthyrsus, apuntó al firmamento, tensó la cuerda del arco hacia su hombro, y disparó una flecha en dirección al sol.

Sólo la gravedad del juramento salvó la vida de Targitao y libró a su cráneo de formar parte de la vajilla de Idanthyrsus. El rey se vio obligado a darle lo que habían acordado, pero le advirtió que nadie debería encontrarlo jamás en toda Escitia o lo desollaría con sus propias manos y confeccionaría una capa con su piel.

La figura del jinete se perdió en la niebla con su recompensa y nunca más supieron de él. No faltó quien al conocer la afrenta afirmó que el propio Targitao tenía un trato con el demonio o incluso que él mismo lo era, hasta que poco a poco su historia languideció en el tiempo y dejó de ser contada.

Lo que nadie supo fue que, pasado también un tiempo, al alba de un día de invierno en que el demonio disfrutaba de un festín junto a las gélidas aguas del Borístenes, una flecha de fuego cayó del cielo; en un instante atravesó, con un silbido casi inaudible, su negro corazón.

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