Condúceme, divina mensajera,

hasta la muralla invisible,

el límite ilimitado de nuestro jardín secreto.

Y si tu piel enciende, blanco espejo de la luna,

la llamarada del instante que todo lo aniquila,

revélame, en tu absoluta desnudez,

oh dulce eternidad corporificada,

aquella incomprehensible realidad,

de la que sólo soy un símbolo.

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