“Mi Casa, la que sí Me abarca, es tu corazón que busca, el depositado en tu cuerpo visible.”

Ibn ‘Arabî, Las iluminaciones de la Meca

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La razón siempre encuentra un escollo cuando se enfrenta a la coexistencia de aquello que entendemos como incompatible. Existe un caso paradigmático: el de la oposición que solemos encontrar entre el libre albedrío y la fatalidad. Nos enfrentamos a esta cuestión cuando meditamos acerca de si todo está o no determinado, y en caso de que pensemos que Dios dispone y conoce todo, dónde queda espacio para la voluntad del alma humana. Esta aparente incompatibilidad entre providencia y libertad, entre destino y voluntad, puede llevar incluso a proponer que todo acto humano es al fin y al cabo un gesto fútil, un simulacro incapaz en realidad de influencia alguna.

Pero el campo de acción del alma humana es grande y abarca nada menos que toda la senda del Conocimiento que puede llevarla del tiempo a la Eternidad, de la periferia al Centro, de la multiplicidad a la Unidad: abarca el camino del Ser. Nicolás de Cusa afirmó que la voluntad humana es la viva imagen de la omnipotencia divina. Algo así no podría ser más diferente a una fuerza fútil. Veamos por qué.

Boecio, en su obra “La consolación de la Filosofía”, nos da una lección de pensamiento penetrante a la vez que de inquebrantable entereza, ya que fue escrita en cautiverio mientras aguardaba el cumplimiento de su sentencia de muerte. En sus horas más oscuras, la Filosofía se le presenta bajo el aspecto de una mujer y dialoga hasta hacerle comprender -y a nosotros junto a él-, el valor fundamental del bien, el sentido de la caprichosa fortuna, el significado de la eternidad y, tras esto, la perfecta coexistencia entre la providencia divina y el libre albedrío.

La Filosofía explica a Boecio, en el libro V, qué es la eternidad:

“La eternidad es la posesión total y perfecta de una vida interminable (…) Todo cuanto está sometido a la ley del tiempo, aunque no haya tenido comienzo y su vida se prolongue a lo largo de la infinitud del tiempo (como Aristóteles sostiene del mundo) no puede considerarse propiamente eterno. No abarca ni comprende simultáneamente todo el espacio de su vida aunque sea infinito, pues no tiene todavía el futuro y ya ha dejado el pasado.

Aquel que abarca y comprende de forma simultánea toda la plenitud de la vida interminable y a quien no le falta nada del futuro ni se le ha escapado el pasado, podrá calificarse con toda propiedad de eterno. Y necesariamente está siempre presente a sí mismo, es dueño de sí y tiene siempre presente la infinitud del tiempo que fluye.”

En el presente eterno del Ahora, donde todo lo que ocurrió u ocurrirá se encuentra en perfecta simultaneidad, el tiempo se perfila semejante a un paisaje que queda completamente abarcado por la visión de Dios (ese “ver” de Dios, que es al mismo tiempo Su Ser, y que confiere el ser a todas las cosas a las que contempla, como expuso magistralmente Nicolás de Cusa). Ese es el Eterno presente, el Instante en el que se encuentra desplegada la pro-videncia divina, pues Dios contempla todo en perfecta simultaneidad. En ese punto se plantea inevitablemente la pregunta: si todo se encuentra bajo la mirada divina, siendo permanentemente traído a la existencia por y en su visión y todo es conocido por Él, ¿queda espacio aquí para el libre albedrío? La respuesta de la Filosofía no se hace esperar:

“… si se quiere considerar la presciencia por la que (Dios) conoce todas las cosas, se habrá de concebir ésta no como una especie de conocimiento del futuro, sino como una ciencia de un presente interminable. Por ello es mejor llamarla providencia y no previdencia o presciencia. Alejada de las cosas inferiores, ve todo como desde una cumbre.

¿Por qué, entonces, insistes en que todas las cosas que caen bajo la mirada de Dios se convierten en necesarias, cuando ni siquiera los hombres las ven como necesarias? ¿Es que lo que ves ahora se hace necesario por el simple hecho de que lo estás viendo?

-No.

-Si, pues, se me permite hacer una cierta comparación entre lo divino y lo humano, así como vosotros veis una serie de hechos que suceden en el momento en que vivís, así Dios los contempla todos en un eterno presente. Por eso, esta divina presciencia no cambia ni la naturaleza ni las propiedades de las cosas. Simplemente, Dios las ve presentes tal cual sucederán un día como hechos futuros. Tampoco hace juicios equivocados de las cosas, sino que con una simple mirada de su inteligencia distingue todo lo que va a suceder por necesidad de lo que sucederá no necesariamente. Ocurre lo mismo cuando ves al mismo tiempo a un hombre que camina por la tierra y al sol que se levanta en el cielo. Aunque contemples simultáneamente dos hechos, sin embargo los distingues, juzgando al uno como libre y al otro como necesario. Así, la mirada divina contempla desde arriba todas las cosas sin alterar su naturaleza. Para él todas las cosas están presentes, pero en relación al tiempo son futuras. El resultado es que cuando Dios conoce algo como futuro no necesario, esto no es una conjetura, sino un conocimiento basado en la verdad (…) Dios ve los hechos futuros, frutos del libre albedrío, como hechos presentes. Ésta es la razón de que tales hechos, considerados según la visión que Dios tiene de ellos, sucedan necesariamente, por ser conocidos por la ciencia divina. Pero considerados en sí mismos no pierden la libertad absoluta de su naturaleza (…) Las cosas que Dios tiene presentes existirán sin duda alguna, pero unas son producto de la necesidad, y otras del poder de los que las realizan. No sin razón te dije que, si consideramos estas cosas a la luz de la presciencia divina, son necesarias, pero consideradas en sí mismas están exentas  de toda necesidad.”

Cuando se niega la existencia de la voluntad, el mundo se reduce a una maquinaria de resortes parecida a un teatro de autómatas. Poco me parece diferir en el fondo que esto se entienda desde el ateísmo y la tiranía de las ciegas leyes de la naturaleza o desde la creencia en el absoluto determinismo divino. Su consecuencia, a mi modo de entender, es la desesperanza, la indefensión y la impotencia o bien el rechazo a la responsabilidad que nos otorga una vida que es en verdad misión. Como se le pide al príncipe del Canto de la perla: “Recuerda la perla/ por la que has sido enviado a Egipto”.

Nicolás de Cusa nos habla de esta responsabilidad y su verdadero alcance en “Visión de Dios”:

“Me has dado el ser, Señor, y un ser tal que puede hacerse continuamente más capaz de tu gracia y de tu bondad. Y esta fuerza, que yo obtengo de ti y en la que poseo la viva imagen de la fuerza de tu omnipotencia, es la voluntad libre, mediante la cual puedo ampliar o restringir la capacidad de recibir tu gracia.”

“Todo el que merece ver tu rostro, ve con claridad todas las cosas, y nada permanece oculto para él. Lo conoce todo. El que te posee, Señor, lo posee todo, y quien te ve lo posee todo. Nadie, en efecto, te ve más que si te posee. Nadie puede acceder a ti porque eres inaccesible. Por tanto, nadie te aprehenderá si tú no te le das. ¿Y cómo te poseeré, Señor, yo que no soy digno de comparecer en tu presencia? ¿Cómo llegará mi oración hasta ti, que eres completamente inaccesible? ¿Cómo te suplicaré? ¿Pues hay algo más absurdo que pedirte que te me des, tú que eres todo en todos? ¿Y cómo te darás a mí sino en la misma manera en que me has dado el cielo, la tierra y todas las cosas que en ellos se encuentran? Más todavía, ¿cómo te darás a mí, a menos que no me des a mí a mí mismo? Y cuando descanso así en el silencio de la contemplación, tú, Señor, me respondes diciendo en lo más íntimo de mi corazón: Sé tú mismo y yo seré tuyo.

Oh, Señor, suavidad de toda dulzura, has puesto en mi libertad que, si yo lo quiero, yo sea yo mismo. Por tanto, si yo no soy yo mismo, tú no eres mío; de otro modo coartarías mi libertad, ya que tu puedes ser mío únicamente cuando yo sea yo mismo. Pero como has establecido esto en mi libertad, no me coartas, sino que esperas que yo escoja ser yo mismo.

Por tanto de mí depende y no de ti, Señor, tú que no contraes tu máxima bondad sino que la difundes con la mayor largueza en todos los que son capaces de recibirla.”

La voluntad verdaderamente libre es la que puede llevarnos a “ser nosotros mismos”, es decir, ser como somos en Dios, conocernos en Él. Es capaz de movernos en la senda ascendente que conduce a la Unidad. Allí, en el Infinito, en el Absoluto -nos dicen los maestros-, toda dualidad desaparece, hay “fusión sin confusión” y “la oposición de los opuestos es oposición sin oposición”. “Todas las cosas, en ti, no son distintas de ti”, añade también Nicolás de Cusa.

Si el ser humano es capaz de reconocerse en el espejo de la eternidad que es Dios, y allí “no es distinto de Él”, cobra pleno sentido la descripción de la voluntad libre como viva imagen de la omnipotencia divina, dignidad hasta donde queda elevada por las palabras del cusano. “El alma es todo lo que ella conoce”, dice Aristóteles. Pero cuando se conoce a sí misma, lo posee todo: “Sé tú mismo y yo seré tuyo”.

La subida al Empíreo, El Bosco

-Boecio, La consolación de la Filosofía, Madrid, Alianza Editorial, 4ª ed., 2008. Traducción de Pedro Rodríguez Santidrián.

-Nicolás de Cusa, Visión de Dios, Navarra, Ediciones Universidad de Navarra, 5ª ed. 2007. Traducción de Ángel Luis González.

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