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“Aprende, oh amigo, que el objeto de la búsqueda es Al-lâh, y que el sujeto que busca es una luz que viene de él”

Najm Kobrâ

El “don divino” es participado por todas las criaturas, no como algo que pueda agregarse exteriormente a través de un suceso acontecido en el tiempo, sino que es eterno y nos pertenece desde siempre, es anterior a nuestra aparición en este mundo y está ligado al pacto preexistencial. Pero el modo en que esta influencia celeste puede operar sobre cada individuo depende de su capacidad para “recibirla”, es decir, del grado de purificación alcanzado en el trabajo espiritual. Es necesario, por tanto, que el individuo posea una actitud activa, una iniciativa que brote de la propia voluntad para aniquilar todos aquellos agregados y condicionamientos del ego que no se corresponden con su verdadera naturaleza, es decir, con la “imagen y semejanza” divina que reposa secretamente en su corazón. Pero, he aquí la paradoja, “nadie puede llegar al Padre, si no es atraído por el Padre”[1], como advierte Nicolás de Cusa; es necesaria entonces la intervención iluminadora de la gracia para reconducirlo en su camino, ésta debe ser el “agente activo”, como enseña el autor anónimo de “La nube del no saber”, porque no es justamente por sus propias facultades que el hombre podrá superar las posibilidades inherentes a su estado individual. Pues bien, no podría decirse que la acción humana sea anterior y, por eso mismo, un condicionante para la intervención divina; por ende, la única manera de comprender esto es por encima de la sucesión temporal: el llamado terrestre y la respuesta celestial, la acción y la reacción concordante, son esencialmente lo mismo, deben ocurrir simultáneamente en el Ahora eterno. Por lo tanto, si bien es necesaria, como dijimos, una postura activa de cara al combate espiritual contra las tinieblas que entorpecen la visión y con respecto a los estados espirituales adquiridos, se debe también alcanzar la perfecta pasividad o, mejor aún, “receptividad” con respecto al Principio Supremo, de manera tal que la voluntad humana y la divina actúen al unísono.

El sabio maestro anónimo anteriormente citado, en “El libro de la orientación particular”, explica, en consonancia con lo dicho hasta aquí, la naturaleza de la práctica contemplativa:

“Aunque yo te he animado a seguir el camino de la contemplación con simplicidad y rectitud, estoy seguro, no obstante, sin duda o miedo a equivocarme, de que Dios todopoderoso, independientemente de todas las técnicas, ha de ser siempre el agente principal de toda contemplación. Es Él quien ha de despertar en ti este don por la gracia. Y lo que tú y otros como tú habéis de procurar es haceros completamente receptivos, consintiendo y sufriendo su divina acción en las profundidades de vuestro espíritu. El consentimiento pasivo y la perseverancia que aportáis a la obra es, sin embargo, una actitud específicamente activa. Pues por la unicidad de tu deseo, dirigido en anhelo constante hacia tu Señor, te abres continuamente a su acción. Todo ello, sin embargo, lo aprenderás por ti mismo a través de la experiencia y la comprensión de la sabiduría espiritual.” [2]

El ser humano, devenido en un receptáculo de la acción divina, puede así contemplar directamente su imagen en el espejo de la eternidad, en el que él mismo es un reflejo de la “forma de las formas”, se reconoce como el soporte inseparable de un Nombre divino, de una forma epifánica; es el símbolo de la eterna Verdad que no admite representación alguna. Pues, como señala Henry Corbin, “la integridad del Nombre divino son, los dos juntos, el Nombre y su espejo, su forma de manifestación, no uno sin el otro ni el uno confundido con el otro (…) Los dos juntos constituyen la totalidad y la realidad de un Nombre divino.” [3] La criatura, de este modo, deja traslucir desde su propia mismidad uno de los Atributos por los que el Señor se conoce y se actualiza a sí mismo. Entonces, sólo así, puede ser enunciado el temerario secreto del místico:

“Dios no vive sin mí; yo sé que sin mí Dios no puede vivir ni un instante” [4]

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[1] Nicolás de Cusa, “La Visión de Dios”, Navarra, Ediciones Universidad de Navarra, 5ª ed. 2007. Traducción de Ángel Luis González.

[2] Anónimo, “La nube del no saber y el libro de la orientación particular”, Buenos Aires, ed. Santa María, 1ª ed. 2009.

[3] Henry Corbin, “La paradoja del monoteísmo”, Madrid, ed. Losada, 1ª ed, 2003. Traducción de María Tabuyo y Agustín López.

[4] Angelus Silesius, “El peregrino querubínico”, citado por Henry Corbin en “La paradoja del monoteísmo”.

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Sueño de Joaquín, detalle, Giotto di Bondone


Sueño de Joaquín, detalle, Giotto di Bondone

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“Vagando en desiertos de sal
estás perdido.
¿Acaso es este rugiente mar
menos que sal?”
‘Attar

Un rumor hay en las olas que rompen en la costa como de antiguas canciones. Frente a ella el príncipe secreto se estremece, pues siente que escucha una balada que habla de sus ancestros. Le embarga una desolada sensación de anhelo por un lugar que nunca cree haber visto y sin embargo es más real que todo lo que nunca vio. Lo sabe, pues cuando algo le recuerda a él su alma se inflama y una alegría indescriptible contagia al universo que transparenta entonces los perfiles de su hogar: un día una nube dibujó en el horizonte la silueta del monte que guarda todos los tesoros; otro, la visión de un árbol le dejó sin aliento.
Cuando mira al sol ya no le duelen los ojos; si le da la espalda éste le enfrenta a sí mismo en una larga sombra gris.
Navega hacia el amanecer en la mañana, hacia el crepúsculo al atardecer y sigue por ello mismo un recto rumbo. Olvidándose del ruido que hacen las cosas bajo la fricción del tiempo descubre de quién son mensajeras.
No es el deseo el que guía sus pasos sino el amor.

Busca la llave de oro; con ella abrirás la verja del jardín del misterio, la que se encuentra oculta tras la espinosa rosaleda; tendrás que adentrarte en la oscuridad, mas no temas; allí encontrarás un quiosco sobre un montículo rodeado de estatuas de ángeles, musas y dioses, y en su centro verás que un pedestal sostiene una lámpara. Entonces sabrás que la luz de su fuego es la que buscas, pues hará que sobre el espejo se refleje lo invisible y que los símbolos, acallados por el sopor del olvido, te susurren al oído su verdad.

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