“Vagando en desiertos de sal
estás perdido.
¿Acaso es este rugiente mar
menos que sal?”
‘Attar

Un rumor hay en las olas que rompen en la costa como de antiguas canciones. Frente a ella el príncipe secreto se estremece, pues siente que escucha una balada que habla de sus ancestros. Le embarga una desolada sensación de anhelo por un lugar que nunca cree haber visto y sin embargo es más real que todo lo que nunca vio. Lo sabe, pues cuando algo le recuerda a él su alma se inflama y una alegría indescriptible contagia al universo que transparenta entonces los perfiles de su hogar: un día una nube dibujó en el horizonte la silueta del monte que guarda todos los tesoros; otro, la visión de un árbol le dejó sin aliento.
Cuando mira al sol ya no le duelen los ojos; si le da la espalda éste le enfrenta a sí mismo en una larga sombra gris.
Navega hacia el amanecer en la mañana, hacia el crepúsculo al atardecer y sigue por ello mismo un recto rumbo. Olvidándose del ruido que hacen las cosas bajo la fricción del tiempo descubre de quién son mensajeras.
No es el deseo el que guía sus pasos sino el amor.

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