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“El fin del matrimonio es la restauración recíproca de la imagen celestial o angélica tal cual debería ser en el hombre”

Franz Von Baader

Es el martes de Pascua; un robusto joven camina alegre y distraidamente de regreso a su hogar, cuando de repente, en el camino habitualmente recorrido, se le aparece un obstáculo inesperado. Una bella muchacha sentada sobre un columpio, que evidentemente había sido construido por sus inexpertas manos, está dispuesta a impedirle el paso, a menos que antes la ayude a cumplir con un antiguo rito cuyos remotos orígenes ya nadie en el pueblo podía recordar. No obstante, ambos sabían bien cuáles eran los gestos y las palabras que debían ser pronunciadas. Tímidamente, el joven, que lo estaba haciendo por vez primera, empuja el columpio y, sonriendo, comienza a cantar:

“¡Se columpia el oro, se columpia la plata, y también se columpia mi amor de cabellos de oro!”

A lo que ella responde, mientras es balanceada rítmicamente en el aire:

“¿Quién me columpia, para que yo lo enriquezca con mis favores, para que yo le haga un fez ornado de perlas?” [1]

De este modo, en la pequeña isla de Serifos, se repetía una arcaica y misteriosa representación, transmitida de generación en generación desde tiempos inmemoriales, que, como es natural, reflejaba a su modo un modelo arquetípico, una escena que parecía desprenderse del tiempo.

De forma análoga, el columpio, como objeto ritual, fue y sigue siendo utilizado en numerosas tradiciones, tal como lo demuestra Jean Hani en el ensayo sobre “la fiesta del columpio o Ayora en Atenas”, incluido en su libro “Mitos, Ritos y Símbolos”. Siempre está asociado al movimiento aparente del sol, a la fecundidad en todos sus niveles, es decir, la unión sagrada entre el Cielo y la Tierra con su consecuente regeneración de la vida; por lo general estaba presente en las festividades que anunciaban la llegada de la primavera. El elemento sexual en este “juego” aparece más claramente en el sur de la India, donde se pone en relación directa con el matrimonio, pues se practica en la fiesta de Kama, el dios del amor; y, como más adelante explica el autor:

“.. también Krishna, dios solar e igualmente dios del amor, tiene por accesorio el columpio. Se celebra una fiesta en su honor a mediados de marzo, y durante ella se coloca en un columpio la efigie del dios, con su esposa Radha, y la columpian tres veces al día, al amanecer, a mediodía y a la puesta del sol. Krishna unido a Radha significa la fecundidad universal.

El carácter erótico del juego aparece claramente en el hecho de que el instrumento mismo está muy sexualizado: al pórtico se lo identifica con el elemento masculino, y al asiento, con el elemento femenino, y el columpiamiento simboliza la unión sexual.” [2]

Sobre este último punto, Hani, en una nota al pie, comenta de pasada que “la atribución, sorprendente a primera vista, del carácter masculino al pórtico, que es fijo, y femenino al asiento, que es móvil, plantea problemas de hermenéutica bastante complicados” [3] que escapan al marco de dicho estudio.

Puede parecernos algo confuso si examinamos estos elementos por separado y aislados completamente de su contexto, pero si nos acercamos a la escena y la observamos con detenimiento, veremos que el enigma puede ser fácilmente resuelto. Sabemos que, por lo general, son siempre mujeres las columpiadas y que, por consiguiente, debe ser el hombre quien le da movimiento al columpio; es entonces evidente que el asiento es siempre ocupado por la mujer y que es el hombre quien permanece en el pórtico (o en un lugar cercano al mismo), esperando que su compañera llegue hasta él para darle un nuevo impulso. Si prestamos atención a esto, vemos que el joven es quien verdaderamente desempeña un rol “activo” o “masculino”, porque es quien ejerce la fuerza necesaria para dar comienzo y mantener el movimiento, y la muchacha en cambio, es quien soporta “pasivamente” la oscilación del columpio. Aquí se nos presenta, al menos aparentemente, una doble paradoja, pues por un lado, como dijimos, el hombre encarna el elemento activo, pero permanece firme en una única posición, “estable”, es decir, que más allá de sus brazos, no realiza ningún tipo de desplazamiento, mientras que por el otro, la mujer, que se mueve alternativamente de un lado a otro, encarna el elemento pasivo. Ahora bien, en el primer caso lo que se manifiesta es un tipo de “acción sin acción”, o la posición activa llevada hasta su grado supremo, porque el hombre se ha identificado, al menos simbólicamente, con el Motor que permanece inmóvil, es decir, se encuentra en el centro de la Rueda cósmica y no es identificado con el movimiento o, en otras palabras, con el “fruto de la acción”. En el segundo caso, la mujer, en efecto, recibe la energía dinámica del hombre, y esto le permite trasponer, si se nos permite la expresión, la pasividad inherente a su naturaleza hacia un nivel superior; pues, siendo elevada hacia las alturas, alcanza una posición casi horizonal en la que es iluminada plenamente por los rayos solares y, podríamos agregar, está en condiciones de ser totalmente penetrada por el Espíritu. Así como, empleando la terminología alquímica, el Mercurio común, que es el elemento húmedo o principio pasivo, soporta la acción del Azufre, es decir, del elemento ígneo o principio activo y, por medio de sucesivas operaciones, se obtiene el “Mercurio sublimado” o “Mercurio de los sabios”, que por sus propiedades es capaz de recibir la influencia de los astros y operar las transformaciones en los metales vulgares, la mujer columpiada, durante el ascenso, se predispone para concentrar en sí misma las influencias celestes y, en cierto modo, transmitírselas a su compañero en el movimiento descendente. Por otra parte, el hecho de que sus “atributos” aparezcan como intercambiados no es algo extraño para el simbolismo tradicional, ya que es exactamente lo mismo que ocurre, por ejemplo, en la tradición extremoriental, donde el emperador Fo-Hi, que se representa entrelazado con su esposa Niu-Ka por sus colas de serpiente, aparece sosteniendo la escuadra, símbolo “terrenal” o femenino, mientras que ella sostiene un compás, símbolo “celeste” o masculino; y lo mismo sucede en las láminas del Tarot,  donde a la Emperatriz, que tiene el número 3, que es impar (o masculino), se le atribuye un simbolismo celestial (estrellas), y al Emperador, con el número 4, que es par (o femenino), un simbolismo terrenal (piedra cúbica). [4]

Fo-Hi y Niu-Ka

De lo que se trata es, ni más ni menos, que de un intercambio “hierogámico”, pues el propio movimiento rítmico y alternado del columpio puede comprenderse, si se quiere, como una imitación del encuentro erótico, de la unión sexual entre el hombre y la mujer, donde cada uno entra en contacto con los aspectos complementarios de su ser, y puede recobrar, símbolicamente, el estado de la androginia original, es decir, la integridad divina del ser humano bisecada por la Caída. Precisemos mejor este punto; esto no debe entenderse como un complementariedad externa en la que las singularidades de cada individuo deban anularse la una en la otra, sino más bien como una verdadera “unión sin confusión” en la que cada uno de los amantes puede en cierto modo “desdoblarse” para reconocer en el otro la parte olvidada, oculta, la parte propiamente “divina” de su Personalidad esencial. Desde una perspectiva más amplia, vemos que en todo intercambio que pueda darse en una pareja, cuando todo es como normalmente debiera ser, es decir, cuando no se pierde de vista la constante interpenetración de lo temporal en lo eterno, sin tener que pasar necesariamente por el contacto físico -aunque sea tal vez el punto en el que la complementariedad se hace más evidente-, el amante se descubre a sí mismo en el otro, como Amado, mediante el nexo indivisible entre ambos, o sea, mediante el propio acto de amor; recuperando así, a nivel individual pero por encima de todo condicionamiento, la imagen perdida de la Unidad Absoluta del Ser, es decir, la perfecta identificación entre el Amor, el Amante y el Amado.

Volviendo a la figura del columpio que estábamos analizando, podemos ver que la mujer (y eo ipso el “aspecto femenino” de cada individuo) es quien está desempeñando un rol privilegiado, si bien ambos componentes son igualmente necesarios, porque es en cierta manera una “intermediaria” entre la Tierra y el Cielo. El hombre, como criatura terrena, realiza un esfuerzo, surgido de su propia voluntad, para elevar el alma hacia lo Alto, hacia Dios, entregando para ello el impulso de su energía vital a la mujer, que es quien se encargará de sublimarla a fin de exaltar su propia receptividad, preparar las condiciones para el descenso de la gracia divina y comunicar finalmente a su amado, cara a cara y en un reflejo recíproco, la respuesta celestial.

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El columpio, Nicolas Lancret

[1] Jean Hani, Mitos, Ritos y Símbolos, ed. J. J Olañeta, Barcelona, 2º edición, 2005.
[2] Ibídem.
[3] Ibídem.
[4] Cf. René Guénon, La Gran Tríada.

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El columpio, Nicolas Lancret

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Dios está en las cosas de manera tal, que todas las cosas están en Él mismo.”

Nicolás de Cusa, La docta ignorancia

¿Qué es un dragón? (…) Un animal que mira u observa. De hecho drákon deriva de dérkomai, que significa “tener vista muy aguda”. ¿Pero cuál es el ojo del dragón?”

Roberto Calasso, La locura que viene de las ninfas

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Máximo Lameiro, autor muy apreciado por quienes aquí escribimos, nos invita a meditar, en la última de las entradas de su blog “Legba-Hermes”, sobre el profundo significado de la autoconsciencia, fenómeno que evidencia, tal y como él mismo pone de relieve en su escrito, lo inapropiado de comprender al individuo humano como mera limitación del Absoluto. Esta concepción negativa impide encontrar en nosotros esa imagen del todo que es nuestra esencia propia, reflejo de la Esencia o Espíritu absoluto, homología y símbolo del mismo y no mera parte escindida de Aquello que, por otro lado, inalterable e infinito en sí mismo, simplicísimo en su unidad en la que todo es sin alteridad, no puede ser escindido ni tener límites. Esta entrada pretende responder a la propuesta que se nos hace desde Legba-Hermes tratando de profundizar en el misterio en la medida en que somos capaces.

Máximo nos explica al respecto de la autoconsciencia:

“Ser en sí y para sí, utilizando las acertadas expresiones de Hegel, es decir ser autoconsciente, es algo que no podría nunca encontrarse en un ser que fuese exclusivamente el resultado de su diferencia recíproca con otro ser.

Pues ser autoconsciente es ser consciente de sí mismo como sí mismo. ¿Cómo podría esa ipsiedad derivarse de una limitación o negación del otro si por esencia es la aprehensión de uno mismo por sí mismo y para sí mismo?”

“Pero la autoconciencia, en tanto tal, es el conocimiento inmediato por el cual el conocedor se reconoce en ese mismo conocimiento. O dicho de otro modo, es un conocimiento cuyo único contenido es el conocedor mismo en el acto de aprehenderse como conocimiento y como conocido.” (1)

La autoconsciencia definida en esta forma, como conocedor que es conocimiento y que es conocido, es en sí misma una imagen de la Unidad del Ser, una imagen de Dios, pues es en Él donde conocedor, conocimiento y conocido -o bien amor, amante y amado-, son uno. Pero podemos ver además que la autoconsciencia conforma una imagen especialmente privilegiada de la Unidad, pues en ella no encontramos la Esencia manifestándose bajo uno u otro aspecto, formas del mundo que son símbolos que cifran el todo y requieren aún ser descifrados, sino que pareciera que nos revela su enigma, su misterio como simplicidad donde coinciden los contrarios, de forma directa. Y esto es así porque la autoconsciencia no es sólo aquello que es visto (como lo es en primera instancia cualquier otro símbolo): es también y al mismo tiempo aquel que ve y el acto de la visión. Es un ojo que se ve a sí mismo.

También se nos explica aquí que la autoconsciencia es conocimiento inmediato, es decir, no requiere de nada que actúe como intermediario, pues no percibe un algo que deba después ser interpretado al no tener más contenido que el mismo conocimiento (Aristóteles dijo que nunca se intelige sin la participación de imágenes, pero tal vez aquí podríamos añadir: excepto cuando el intelecto se intelige a sí mismo). La autoconsciencia es pues conocimiento de sí que es conocimiento en sí, “puro” por así decir, y desde el cual podrá conocerse todo lo demás, pues será a partir de su propia inteligibilidad que podrá conocer las demás cosas inteligibles. Es un “despertar”. Una fuente en la que vigila un dragón. “La cruda sensación de quien está despierto y tiene consciencia de estar vivo. Esta sensación es más sorprendente que cualquier maravilla que el ojo pueda ver.” (2) Y siendo esta autoconsciencia imagen del Todo, ese “todo lo demás” que puede conocer tiene un reflejo en sí misma, y no se trata por tanto del conocimiento de algo externo a la propia consciencia en sí. Aquí se transparenta también el sentido de la inscripción del oráculo de Delfos: “¡Oh! Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los Dioses.”

Pues, ¿de dónde mana esta fuente de la consciencia, sino de la propia divinidad? “La causa de todo verbo mental corruptible es el Verbo incorruptible” dice Nicolás de Cusa en La docta ignorancia.

“Si el intelecto pudiera entender la luz de su inteligencia, que es el Verbo de Dios, aferraría a su propio principio, que es eterno, y es su Hijo, por medio del cual el intelecto es llevado hasta su principio. Y este entender es en sí mismo, puesto que lo entendido y el que entiende no son cosas ajenas y diversas.” (3)

En el verse a sí mismo de la autoconsciencia se descubre otro ojo: el Verbo divino incorruptible que es la causa de todo verbo mental. Como Core reflejándose a sí misma en el ojo de Hades al ser raptada (4), la autoconsciencia es un reflejo en el Ojo de lo Invisible, una vela que debe prender bajo la Luz infinita que es su propia luz. Y así descubrimos que el dragón que vigila en la fuente no custodia otra cosa que la Eternidad; permanece oculta en la oscuridad de sus aguas hasta que sean iluminadas por el resplandor divino.

“Si el hombre verdaderamente creyera que tiene un ojo interno, un espejo donde sólo la verdad es reflejada y si hiciera esfuerzos por deshacerse de los velos que esconden de él la realidad, sería posible para la luz divina de los reinos invisibles unirse con la luz dentro del hombre y este vería todo lo que está allí oculto”.

Ibn ‘Arabî, El divino gobierno del reino humano

Podríamos imaginar esta fuente de nuestra consciencia como el baño de la divinidad. Si allí la contempláramos desnuda, como cuenta el mito que ocurrió a Acteón cuando sorprendió a Diana, nos transformaría de cazador en presa y seríamos devorados. Y siguiendo la interpretación que Giordano Bruno nos legó y supo leer en la belleza de esta imagen, la metamorfosis dejaría atrás nuestro aspecto de hombres comunes para llevarnos a ser “el único ojo que ve todo el horizonte” y “contempla el todo como una sola cosa.” (5)

Te provoca temor tanto la existencia del velo como su desaparición, pero estás a salvo de ambos. En efecto, un velo sólo tiene sentido entre dos cosas, pero aquí no puede haber más que una. Aquí no tiene sentido el miedo ante el desvelamiento, que atemoriza sólo a aquel que teme arder bajo el efecto del Radiante Resplandor.

Pero, ¿cómo puede aquel que es llama

ser consumido por la llama?

Fakhr al-Dîn ‘Iraqî, Destellos de la divinidad


Robert Fludd, Utriusque Cosmi, 1617

(1) Lameiro, Máximo, La individualidad esencial o el todo en la parte, publicado en Legba-Hermes.

(2) Calasso, Roberto, Ka, Barcelona, Editorial Anagrama, 1ª ed. de la colección compactos, 2005.

(3) Nicolás de Cusa, La igualdad.

(4) Este inspirador significado acerca del encuentro entre Core (cuyo nombre significa “niña” y “pupila”) y Hades es explorado también por Roberto Calasso en su libro “Las bodas de Cadmo y Harmonía”: “Core se vio a sí misma en la pupila de Hades. Reconoció en el ojo que se mira a sí mismo el ojo de un invisible otro. Reconoció que pertenecía a ese otro. Cruzó en aquel momento el umbral que ya estaba a punto de cruzar cuando contemplaba el narciso. Era el umbral de Eleusis (…) El significado de Core en el ojo de Hades se bifurca: por una parte, en cuanto Core se ve a sí misma en el ojo de su raptor, descubre el reflejo, la duplicación, el instante en que la consciencia se ve a sí misma: y esa doble mirada, por paradoja, es la visión última, ya no escindible, porque cualquier escisión posterior no hace sino redoblar la primera: por otra, la cavidad de la visión acoge por vez primera, y estrecha consigo, en la contracción de la pupila, su deseo: la imagen. Así los extremos de la mente están presentes, por un instante, en el ojo de un raptor.”

(5) Giordano Bruno citado en: Culianu, I.P, Eros y magia en el Renacimiento, Madrid, Editorial Siruela, 1ª ed., 1999.

Busca la llave de oro; con ella abrirás la verja del jardín del misterio, la que se encuentra oculta tras la espinosa rosaleda; tendrás que adentrarte en la oscuridad, mas no temas; allí encontrarás un quiosco sobre un montículo rodeado de estatuas de ángeles, musas y dioses, y en su centro verás que un pedestal sostiene una lámpara. Entonces sabrás que la luz de su fuego es la que buscas, pues hará que sobre el espejo se refleje lo invisible y que los símbolos, acallados por el sopor del olvido, te susurren al oído su verdad.

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