Dios está en las cosas de manera tal, que todas las cosas están en Él mismo.”

Nicolás de Cusa, La docta ignorancia

¿Qué es un dragón? (…) Un animal que mira u observa. De hecho drákon deriva de dérkomai, que significa “tener vista muy aguda”. ¿Pero cuál es el ojo del dragón?”

Roberto Calasso, La locura que viene de las ninfas

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Máximo Lameiro, autor muy apreciado por quienes aquí escribimos, nos invita a meditar, en la última de las entradas de su blog “Legba-Hermes”, sobre el profundo significado de la autoconsciencia, fenómeno que evidencia, tal y como él mismo pone de relieve en su escrito, lo inapropiado de comprender al individuo humano como mera limitación del Absoluto. Esta concepción negativa impide encontrar en nosotros esa imagen del todo que es nuestra esencia propia, reflejo de la Esencia o Espíritu absoluto, homología y símbolo del mismo y no mera parte escindida de Aquello que, por otro lado, inalterable e infinito en sí mismo, simplicísimo en su unidad en la que todo es sin alteridad, no puede ser escindido ni tener límites. Esta entrada pretende responder a la propuesta que se nos hace desde Legba-Hermes tratando de profundizar en el misterio en la medida en que somos capaces.

Máximo nos explica al respecto de la autoconsciencia:

“Ser en sí y para sí, utilizando las acertadas expresiones de Hegel, es decir ser autoconsciente, es algo que no podría nunca encontrarse en un ser que fuese exclusivamente el resultado de su diferencia recíproca con otro ser.

Pues ser autoconsciente es ser consciente de sí mismo como sí mismo. ¿Cómo podría esa ipsiedad derivarse de una limitación o negación del otro si por esencia es la aprehensión de uno mismo por sí mismo y para sí mismo?”

“Pero la autoconciencia, en tanto tal, es el conocimiento inmediato por el cual el conocedor se reconoce en ese mismo conocimiento. O dicho de otro modo, es un conocimiento cuyo único contenido es el conocedor mismo en el acto de aprehenderse como conocimiento y como conocido.” (1)

La autoconsciencia definida en esta forma, como conocedor que es conocimiento y que es conocido, es en sí misma una imagen de la Unidad del Ser, una imagen de Dios, pues es en Él donde conocedor, conocimiento y conocido -o bien amor, amante y amado-, son uno. Pero podemos ver además que la autoconsciencia conforma una imagen especialmente privilegiada de la Unidad, pues en ella no encontramos la Esencia manifestándose bajo uno u otro aspecto, formas del mundo que son símbolos que cifran el todo y requieren aún ser descifrados, sino que pareciera que nos revela su enigma, su misterio como simplicidad donde coinciden los contrarios, de forma directa. Y esto es así porque la autoconsciencia no es sólo aquello que es visto (como lo es en primera instancia cualquier otro símbolo): es también y al mismo tiempo aquel que ve y el acto de la visión. Es un ojo que se ve a sí mismo.

También se nos explica aquí que la autoconsciencia es conocimiento inmediato, es decir, no requiere de nada que actúe como intermediario, pues no percibe un algo que deba después ser interpretado al no tener más contenido que el mismo conocimiento (Aristóteles dijo que nunca se intelige sin la participación de imágenes, pero tal vez aquí podríamos añadir: excepto cuando el intelecto se intelige a sí mismo). La autoconsciencia es pues conocimiento de sí que es conocimiento en sí, “puro” por así decir, y desde el cual podrá conocerse todo lo demás, pues será a partir de su propia inteligibilidad que podrá conocer las demás cosas inteligibles. Es un “despertar”. Una fuente en la que vigila un dragón. “La cruda sensación de quien está despierto y tiene consciencia de estar vivo. Esta sensación es más sorprendente que cualquier maravilla que el ojo pueda ver.” (2) Y siendo esta autoconsciencia imagen del Todo, ese “todo lo demás” que puede conocer tiene un reflejo en sí misma, y no se trata por tanto del conocimiento de algo externo a la propia consciencia en sí. Aquí se transparenta también el sentido de la inscripción del oráculo de Delfos: “¡Oh! Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el universo y a los Dioses.”

Pues, ¿de dónde mana esta fuente de la consciencia, sino de la propia divinidad? “La causa de todo verbo mental corruptible es el Verbo incorruptible” dice Nicolás de Cusa en La docta ignorancia.

“Si el intelecto pudiera entender la luz de su inteligencia, que es el Verbo de Dios, aferraría a su propio principio, que es eterno, y es su Hijo, por medio del cual el intelecto es llevado hasta su principio. Y este entender es en sí mismo, puesto que lo entendido y el que entiende no son cosas ajenas y diversas.” (3)

En el verse a sí mismo de la autoconsciencia se descubre otro ojo: el Verbo divino incorruptible que es la causa de todo verbo mental. Como Core reflejándose a sí misma en el ojo de Hades al ser raptada (4), la autoconsciencia es un reflejo en el Ojo de lo Invisible, una vela que debe prender bajo la Luz infinita que es su propia luz. Y así descubrimos que el dragón que vigila en la fuente no custodia otra cosa que la Eternidad; permanece oculta en la oscuridad de sus aguas hasta que sean iluminadas por el resplandor divino.

“Si el hombre verdaderamente creyera que tiene un ojo interno, un espejo donde sólo la verdad es reflejada y si hiciera esfuerzos por deshacerse de los velos que esconden de él la realidad, sería posible para la luz divina de los reinos invisibles unirse con la luz dentro del hombre y este vería todo lo que está allí oculto”.

Ibn ‘Arabî, El divino gobierno del reino humano

Podríamos imaginar esta fuente de nuestra consciencia como el baño de la divinidad. Si allí la contempláramos desnuda, como cuenta el mito que ocurrió a Acteón cuando sorprendió a Diana, nos transformaría de cazador en presa y seríamos devorados. Y siguiendo la interpretación que Giordano Bruno nos legó y supo leer en la belleza de esta imagen, la metamorfosis dejaría atrás nuestro aspecto de hombres comunes para llevarnos a ser “el único ojo que ve todo el horizonte” y “contempla el todo como una sola cosa.” (5)

Te provoca temor tanto la existencia del velo como su desaparición, pero estás a salvo de ambos. En efecto, un velo sólo tiene sentido entre dos cosas, pero aquí no puede haber más que una. Aquí no tiene sentido el miedo ante el desvelamiento, que atemoriza sólo a aquel que teme arder bajo el efecto del Radiante Resplandor.

Pero, ¿cómo puede aquel que es llama

ser consumido por la llama?

Fakhr al-Dîn ‘Iraqî, Destellos de la divinidad


Robert Fludd, Utriusque Cosmi, 1617

(1) Lameiro, Máximo, La individualidad esencial o el todo en la parte, publicado en Legba-Hermes.

(2) Calasso, Roberto, Ka, Barcelona, Editorial Anagrama, 1ª ed. de la colección compactos, 2005.

(3) Nicolás de Cusa, La igualdad.

(4) Este inspirador significado acerca del encuentro entre Core (cuyo nombre significa “niña” y “pupila”) y Hades es explorado también por Roberto Calasso en su libro “Las bodas de Cadmo y Harmonía”: “Core se vio a sí misma en la pupila de Hades. Reconoció en el ojo que se mira a sí mismo el ojo de un invisible otro. Reconoció que pertenecía a ese otro. Cruzó en aquel momento el umbral que ya estaba a punto de cruzar cuando contemplaba el narciso. Era el umbral de Eleusis (…) El significado de Core en el ojo de Hades se bifurca: por una parte, en cuanto Core se ve a sí misma en el ojo de su raptor, descubre el reflejo, la duplicación, el instante en que la consciencia se ve a sí misma: y esa doble mirada, por paradoja, es la visión última, ya no escindible, porque cualquier escisión posterior no hace sino redoblar la primera: por otra, la cavidad de la visión acoge por vez primera, y estrecha consigo, en la contracción de la pupila, su deseo: la imagen. Así los extremos de la mente están presentes, por un instante, en el ojo de un raptor.”

(5) Giordano Bruno citado en: Culianu, I.P, Eros y magia en el Renacimiento, Madrid, Editorial Siruela, 1ª ed., 1999.

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