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Debes romper la cáscara que oculta el núcleo, para que tus ojos puedan contemplar la inmensidad del mundo en el interior de la semilla más pequeña.

Debes romper el huevo para que todas las posibilidades se actualicen en el eterno presente.

Debes rasgar el velo del templo con la más sutil punta de la aguja.

Pero no debes romper la cáscara, ni el huevo, ni rasgar el velo, antes de tiempo.

Debes dejar madurar el embrión.

El embrión que se abre al universo desde el interior.

El embrión que has sido desde siempre.

 

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