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Imagen

Debes romper la cáscara que oculta el núcleo, para que tus ojos puedan contemplar la inmensidad del mundo en el interior de la semilla más pequeña.

Debes romper el huevo para que todas las posibilidades se actualicen en el eterno presente.

Debes rasgar el velo del templo con la más sutil punta de la aguja.

Pero no debes romper la cáscara, ni el huevo, ni rasgar el velo, antes de tiempo.

Debes dejar madurar el embrión.

El embrión que se abre al universo desde el interior.

El embrión que has sido desde siempre.

 

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“¡Cuán grande es la plenitud de tu dulzura, que has reservado para los que te temen! Es el tesoro inexplicable de la alegría más dichosa. Gustar tu misma dulzura es aprehender en su propio principio, con un contacto experimental, la suavidad de todas las cosas delectables; es alcanzar en tu sabiduría la razón de todas las cosas deseables. En efecto, ver la razón absoluta, que es la razón de todas las cosas, no es otra cosa que gustarte mentalmente a tí, Dios, que eres la misma suavidad del ser, de la vida y del intelecto. ¿Qué otra cosa es, Señor, tu ver, cuando me miras con ojos de piedad, sino que tú eres visto por mí? Viéndome, tú que eres Dios escondido, me concedes que tú seas visto por mí. Nadie puede verte sino en cuanto tú le concedes que seas visto. Y verte no es otra cosa que que tú ves al que te ve.”

(Nicolás de Cusa, La Visión de Dios, Ed. EUNSA, 5ta edición. Traducción e introducción de Ángel Luis González)

 ” […] Pongamos en medio el parecer de Sinesio* el Platónico que así se explicó sobre el poder de la imaginación y el espíritu imaginativo: en la vigilia el sabio es hombre, pero Dios le hace partícipe de sí mismo mientras sueña, lo que nosotros adoptamos en defensa de la dignidad de la vida imaginativa. Pues si es don feliz ver al propio Dios en sí mismo, ciertamente es oficio de una contemplación más antigua y propia captarlo mediante la imaginación. Pues ésta es el sentido de los sentidos, puesto que el propio espíritu imaginativo es el sensorio más común y el cuerpo primero del alma y este [cuerpo] actúa desde dentro veladamente y tiene a lo principal del animal como alcázar (pues en torno la naturaleza le construyó la entera fábrica de la cabeza).

imaginationis

Por su parte, el oído y la vista no son sentidos, sino instrumentos que administran los sentidos para el sentido [común] y [son] a modo de porteros o recepcionistas del animal, indicando al señor las cosas sensibles que ocurren en el exterior (por las que son tocados los sentidos externos). En tanto, el sentido íntimo está por entero en todas partes; pues oye con todo el espíritu [y] con todo el espíritu ve, de donde [resulta] que reparte unas cosas a unos, otras cosas a otros y [es] como si desde un centro único arrojase innúmeras líneas hacia la anchura de la circunferencia saliendo de allí como de una raíz común, a la que como a [su] raíz común vuelven. Este, es decir, el espíritu imaginativo, reclama [ser] el vehículo primero del alma, término medio entre lo temporal y lo eterno por el que, sobre todo, vivimos; un individuo único hace y recibe todas las cosas que son propias del sentido.”

Giordano Bruno, Sobre la composición de imágenes

(trad. Ignacio Gómez de Liaño) 

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 * Sinesio, de origen dorio, nació en Cirene y vivió a fines del siglo IV y principios del V. Estudió neoplatonismo en Alejandría en la escuela de la famosa Hipatia. Viajó a Atenas y se desilusionó en Atenas; dice que allí se encontró en vez de filósofos fabricantes de miel y vendedores de ánforas de Himeta (Cartas). Intervino también en la vida política de su país. Véase Druon, Étude sur la vie et les oeuvres de Synesius, 1859.
La teoría de la imaginación que aquí expone Bruno la toma literalmente de Sinesio, según la traducción de Ficino, editada en Venecia en 1497. Salvo el último párrafo todo el resto es una transcripción casi literal de Sinesio, De somniis, cap. «De potestate phantasiae spiritusque phantastici». (Nota de Ignacio Gómez de Liaño)

Busca la llave de oro; con ella abrirás la verja del jardín del misterio, la que se encuentra oculta tras la espinosa rosaleda; tendrás que adentrarte en la oscuridad, mas no temas; allí encontrarás un quiosco sobre un montículo rodeado de estatuas de ángeles, musas y dioses, y en su centro verás que un pedestal sostiene una lámpara. Entonces sabrás que la luz de su fuego es la que buscas, pues hará que sobre el espejo se refleje lo invisible y que los símbolos, acallados por el sopor del olvido, te susurren al oído su verdad.

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