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Había un hombre que vivía en las montañas. No sabía nada de los que vivían en la ciudad. Sembraba trigo y comía el grano crudo.

Un día fue a la ciudad. Le dieron pan bueno. Dijo: “¿Para qué sirve?”. Le respondieron: “¡Es pan para comer!”. Lo comió y le agradó su sabor. Dijo: “¿De qué está hecho?”. Le respondieron: “De trigo”.

Más tarde le ofrecieron pastas amasadas con aceite. Las probó y dijo: “¿Y esto de qué está hecho?”. “De trigo”, respondieron.

Finalmente le ofrecieron unos excelentes pasteles a base de aceite y miel. Dijo: “¿Y de qué se hace esto?”. Los otros respondieron: “De trigo”. Él respondió: “Yo soy quien domina todo esto, pues como su esencia, ¡el trigo!”.

Por razón de tal perspectiva, no conocía nada de los deleites del mundo; no existían para él. Lo mismo le ocurre a quien capta el principio y no conoce las delicias que se derivan del principio, que divergen de éste.

Zohar 2:176 a-b

(extraido de: Daniel C. Matt, La cabala esencial, Barcelona, Robinbook, 1997)

 

“¡Excelente, excelente el Kali-Yuga! Lo que en la Edad de Plata o la de Bronce costaba largo tiempo y penosos esfuerzos, en el Kali-Yuga se realiza en un día y una noche.”

Vishnu Purana.

“Tampoco habrás de procurarte un carro tirado por caballos ni una embarcación que te lleve por el mar. Por el contrario, debes dejar todo esto atrás y no mirar, sino cerrar los ojos y despertar en ti otra manera de mirar diferente de la anterior, una visión que todos poseen pero que pocos ejercitan.”

Plotino, Eneadas I.

Lo primero que se abandonó en Ogygia fue el faro. Dicen que el último farero perdió la vista forzándola contra el horizonte crepuscular, ansioso de poder decir que en su vida había llegado a avistar algún barco. Se decía además que desde tiempo inmemorial aquellos que lograron arribar a la isla, o bien traían sus propios mapas, o bien seguían las indicaciones de alguien que ya hubiera estado allí, y por tanto ninguna señal luminosa se hacía necesaria. Cuando  se retiró, nadie quiso ocupar aquel puesto tan ingrato y solitario, y el valioso aceite de la lámpara fue empleado en otros menesteres.

Otro tanto ocurrió con las canteras y la reparación de las murallas. Convertidas ahora en soporte para el esparcimiento de todo tipo de plantas y en refugio para las aves, habían sido trabajadas en tal forma por el viento y la lluvia, que más parecían la obra de un artesano acantilados y montes que las antaño infranqueables defensas. Arqueros y vigías deambulaban ociosos en las horas de guardia y los relatos de combates contra todo tipo de fuerzas oscuras llenaban las tranquilas veladas nocturnas junto a las hogueras. De tanto en tanto, se cambiaba la leña podrida en las almenaras y los cuernos colgados de los cintos permanecían siempre silenciosos. Dicen que si se hubiera llegado a desenvainar alguna espada, es posible que ésta hubiera olvidado ya las hazañas en las que había participado y que, antaño, se veía impelida a narrar cada vez que era requerida por la mano de algún príncipe.

Tal vez por todo ello, cuando nuestro héroe puso un pie en su costa -algo aturdido, solitario y puede que incapaz siquiera de expresar con palabras hacia dónde se dirigía-, el mar no rugió para impedirle la llegada, nadie le aguardaba frente al portón del recinto sagrado para retarle en combate singular, nadie lo detuvo una vez franqueado el muro y nadie cuando, sediento, sumergió su cara en la fuente. Eso ocurrió el día que siguió a la noche en que, una vez acallado todo lo que no era más que ruido, despertó al recordar el camino del retorno.

Busca la llave de oro; con ella abrirás la verja del jardín del misterio, la que se encuentra oculta tras la espinosa rosaleda; tendrás que adentrarte en la oscuridad, mas no temas; allí encontrarás un quiosco sobre un montículo rodeado de estatuas de ángeles, musas y dioses, y en su centro verás que un pedestal sostiene una lámpara. Entonces sabrás que la luz de su fuego es la que buscas, pues hará que sobre el espejo se refleje lo invisible y que los símbolos, acallados por el sopor del olvido, te susurren al oído su verdad.

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