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Has perdido tu vida, decían mirando mis manos vacías

y nadie oía

al Dios que cantaba en mi corazón.

 

 

 Louis Cattiaux

 

 

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“Has de saber -que Dios te confirme por un espíritu que proceda de Él- que, para las gentes de las realidades ocultas, aplicar a Dios la trascendencia es la esencia misma de la limitación y del condicionamiento. El concepto de trascendencia divina,  cuando es profesado sin reservas, es producto de una ignorancia o de una inconveniencia. El creyente que pretende seguir las leyes reveladas, pero se atiene a la transcendencia divina y no ve nada más, da pruebas de inconveniencia y acusa de mentirosos a Dios y a Sus Enviados sin ser consciente de ello. Se imagina haber ganado, cuando en realidad ha perdido, y es semejante al que cree en una parte y no cree en la otra (…) Hay una manifestación de Dios en toda creación: Él es el Exterior en todo lo que es comprendido, y es el Interior que escapa a toda comprensión, salvo a la comprensión del que afirma que el mundo es Su Forma y Su Esencia.”

Ibn ‘Arabî, Los engarces de las sabidurías

De las alegorías.

Muchos se quejan de que las palabras de los sabios sean siempre alegorías, pero inaplicabes en la vida diaria, y esto es lo único que poseemos. Cuando el sabio dice: “Anda hacia allá”, no quiere decir que uno deba pasar al otro lado, lo cual siempre sería posible si la meta del camino así lo justificase, sino que se refiere a un allá legendario, algo que nos es desconocido, que tampoco puede ser precisado por él con mayor exactitud y que, por tanto, de nada puede servirnos aquí. En realidad, todas esas alegorías sólo quieren significar que lo inasequible es inasequible, lo cual ya sabíamos. Pero aquello en que cotidianamente gastamos nuestras energías, son otras cosas.
A este propósito dijo alguien: “¿Por qué os defendéis? Si obedecierais a las alegorías, vosotros mismos os habríais convertido en tales, con lo que os hubierais liberado de la fatiga diaria.”
Otro dijo: “Apuesto a que eso también es una alegoría.”
Dijo el primero: “Has ganado.”
Dijo el segundo: “Pero por desgracia, sólo en lo de la alegoría.”
El primero dijo: “En verdad, no; en lo de la alegoría has perdido.”

Franz Kafka

“No solo el hombre, debido a que sus facultades estaban mucho menos estrechamente limitadas, no veía el mundo con los mismos ojos que hoy día, y percibía de él muchas cosas que se le escapan ahora enteramente; sino que, correlativamente, el mundo mismo, en tanto que conjunto cósmico, era verdaderamente diferente cualitativamente, porque posibilidades de otro orden se reflejaban en el dominio corporal y le «transfiguraban» en cierto modo; y es así como, cuando algunas «leyendas» dicen por ejemplo que hubo un tiempo en el que las piedras preciosas eran tan comunes como lo son ahora los guijarros más groseros, eso no debe tomarse quizás solo en un sentido completamente simbólico.”

(René Guénon, El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos)

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“Tenemos que aceptar nuestra existencia tan ampliamente como sea posible. Todo, aun lo insólito, debe ser posible en ella.  El único valor que fundamentalmente se nos exige es el de ser animosos ante lo más inverosímil, prodigioso e inexplicable que pueda sucedernos. Que los hombres hayan sido pusilánimes en este sentido, le ha hecho infinito daño a la vida; los sucesos denominados “fenómenos”, la totalidad del llamado “mundo sobrenatural”, la muerte, todas estas cosas tan cercanas, han sido tan reprimidas y alejadas de la vida, al rechazárselas cotidianamente, que los sentidos con que podríamos aprehenderlas se han atrofiado”

(Rainer Maria Rilke, Cartas a un joven poeta)

Busca la llave de oro; con ella abrirás la verja del jardín del misterio, la que se encuentra oculta tras la espinosa rosaleda; tendrás que adentrarte en la oscuridad, mas no temas; allí encontrarás un quiosco sobre un montículo rodeado de estatuas de ángeles, musas y dioses, y en su centro verás que un pedestal sostiene una lámpara. Entonces sabrás que la luz de su fuego es la que buscas, pues hará que sobre el espejo se refleje lo invisible y que los símbolos, acallados por el sopor del olvido, te susurren al oído su verdad.

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